Libros prohibidos y escuelas clandestinas en la Calanda morisca
Leer y escribir en árabe, copiar manuscritos y mantener el culto islámico bajo la vigilancia inquisitorial. Calanda en la cultura escrita de los moriscos aragoneses, 1540–1620.
En la segunda mitad del siglo XVI, mientras la Iglesia y la Inquisición perseguían la conservación de prácticas islámicas entre los nuevos convertidos, Calanda aparece en la documentación inquisitorial como uno de los lugares donde la cultura escrita morisca continuaba activa. Se enseñaba árabe clandestinamente, circulaban libros religiosos y existían espacios de lectura y culto.
El libro como instrumento de continuidad cultural
Jacqueline Fournel-Guerin reconstruyó a partir de los procesos de la Inquisición de Zaragoza la relación de los moriscos aragoneses con la escritura. Pese a la prohibición, los libros árabes continuaron circulando y las escuelas clandestinas transmitieron conocimientos religiosos y lingüísticos.
La posesión era peligrosa. Las fuentes describen manuscritos ocultos en dobles fondos, paredes, chimeneas, escaleras, vasijas, jardines e incluso bajo las tejas.
Entre los poseedores aparecen artesanos, comerciantes, labradores, curanderos, notarios, maestros, médicos, alfaquíes y copistas. La cultura escrita atravesaba, por tanto, diversos grupos sociales.
Calanda, un foco de cultura escrita morisca
El valor excepcional del artículo para la historia local reside en que Calanda aparece varias veces y en contextos distintos. No estamos ante una sola incautación: las referencias dibujan un entramado de enseñanza, lectura, culto y circulación de manuscritos.
Los manuscritos podían heredarse, intercambiarse o circular mediante maestros itinerantes, comerciantes y arrieros. El estudio documenta conexiones entre comunidades moriscas de Aragón y otros territorios peninsulares, así como la llegada de algunos Coranes desde el norte de África.
Dos enseñanzas enfrentadas
En diversas localidades aragonesas funcionaban maestros moriscos que enseñaban lectura y escritura árabes. En Calanda, la autora menciona a un jabonero y a un alfatiero de origen valenciano entre quienes compaginaban su oficio con la enseñanza.
La documentación revela además enseñanza para adultos. Los hermanos Gerónimo Sifuentes, de 24 años, y Juan Sifuentes, de 22, ambos sastres, pagaban en Calanda diez reales mensuales para aprender a leer y escribir árabe.
La alfabetización árabe no se limitaba a los niños: también jóvenes adultos buscaban aprender o perfeccionar la lectura y la escritura.
Frente a ella estaba la enseñanza cristiana oficial. El maestro de Calanda declaró que durante dos noches consecutivas había sido apedreado por enseñar a los hijos de los nuevos convertidos a leer y escribir y la doctrina cristiana. El episodio muestra que la escuela era también un espacio de conflicto por la lengua, la religión y la identidad de la siguiente generación.
Copistas, Coranes y «papeles moriegos»
El mercado clandestino requería copistas. Sus talleres disponían de plumas, tintas, papel, pergamino, pieles y útiles de encuadernación. Se copiaban sobre todo Coranes completos o abreviados, pero también oraciones, textos rituales y «cartas de muertos».
Circulaban asimismo textos jurídicos, médicos y científicos, relatos, poemas y comedias. El árabe convivía con traducciones castellanas y con el aljamiado: lengua romance escrita con caracteres árabes.
Una casa abandonada convertida en mezquita
Uno de los testimonios más importantes para la historia religiosa local señala que los moriscos de Calanda habían transformado una casa abandonada en el monte en mezquita. Allí practicaban sus ritos y leían regularmente el Corán. La actividad continuó hasta marzo de 1574, cuando fueron denunciados por una correligionaria.
La lectura acompañaba también los momentos decisivos de la vida. En Calanda, el cirier Amador Garbero era llamado cuando moría un nuevo convertido para ayudarle a morir según los usos musulmanes llevando libros moriscos. También dirigía las «setenas», veladas funerarias de siete días durante las cuales se leía el Corán.
Una comunidad que todavía transmitía conocimientos
Considerados conjuntamente, los casos calandinos permiten superar una historia basada sólo en procesados individuales. Encontramos maestros, alumnos adultos, lectores, manuscritos, un lugar clandestino de culto y personas encargadas de ceremonias. Son indicios de una red social de transmisión cultural y religiosa.
La represión inquisitorial intervenía así sobre mecanismos esenciales de memoria colectiva: lengua, alfabetización, libros, enseñanza, lectura compartida y rituales.
La fuente exige, sin embargo, crítica histórica. Los procesos inquisitoriales fueron producidos por una institución represiva; privilegian las conductas perseguidas y contienen declaraciones obtenidas dentro de procedimientos judiciales. Su riqueza no convierte automáticamente cada acusación en una descripción neutral.
Calanda en el artículo: datos fundamentales
Fuente y bibliografía
FOURNEL-GUERIN, Jacqueline, «Le livre et la civilisation écrite dans la communauté morisque aragonaise (1540-1620)», Mélanges de la Casa de Velázquez, t. 15, 1979, pp. 241–259.
DOI: 10.3406/casa.1979.2299.
El trabajo utiliza principalmente documentación inquisitorial de Zaragoza conservada en el Archivo Histórico Nacional. Para Calanda cita, entre otros testimonios, los libros 988, 989 y 990 de la sección de Inquisición.
Criterio CalandaGREC: esta entrada diferencia los datos expresamente documentados por Fournel-Guerin de su interpretación histórica. No se han atribuido a Calanda ejemplos que el artículo documenta únicamente en otras localidades aragonesas.