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Arqueología · Antigüedad tardía · Hispania visigoda

Poblamiento y arqueología funeraria visigoda de Hispania

Gisela Ripoll López · 1989

Las necrópolis constituyen una fuente fundamental para aproximarnos al poblamiento, la organización de las comunidades y la transformación de las prácticas funerarias de la Hispania de los siglos V al VII.

Autora Gisela Ripoll López
Publicación Espacio, Tiempo y Forma
Año 1989
Páginas 389–418
Síntesis

Los cementerios como testimonio de los vivos

¿Cómo reconstruir el poblamiento visigodo cuando conocemos relativamente bien sus cementerios pero apenas podemos localizar los lugares donde vivieron? Gisela Ripoll aborda esta cuestión utilizando la arqueología funeraria como vía de aproximación a las comunidades de la Hispania visigoda.
≈45 necrópolis estudiadas
≈150 hallazgos aislados
130–150 mil estimación demográfica
V–VIII marco cronológico
Poblamiento

Un problema difícil de cuantificar

Uno de los primeros problemas abordados por Ripoll es el número de visigodos que llegaron a establecerse en Hispania. Las fuentes escritas no proporcionan cifras suficientemente seguras y las estimaciones de la historiografía han sido considerablemente diferentes.

Frente a ello, la autora ensaya una aproximación arqueológica. El número de sepulturas, su reutilización y la duración de los cementerios pueden utilizarse para calcular aproximadamente las comunidades que generaron esos espacios funerarios.

Partiendo de unas cuarenta y cinco necrópolis conocidas y aproximadamente ciento cincuenta hallazgos aislados, calcula unas 50.000 personas relacionadas con estos testimonios. A ellas añade hipotéticamente las comunidades urbanas, rurales y eclesiásticas que no cuentan con cementerios arqueológicamente conocidos.

El resultado se sitúa alrededor de 130.000 individuos, aunque Ripoll insiste expresamente en el carácter hipotético de esta cifra.

Arqueología del territorio

Encontramos los muertos, pero no siempre sus poblados

El problema fundamental de la arqueología visigoda peninsular es la frecuente desconexión entre los lugares de habitación y sus correspondientes cementerios.

Una necrópolis suficientemente extensa implica necesariamente la existencia de una comunidad próxima. Sin embargo, en muchos yacimientos conocemos las tumbas y desconocemos por completo las viviendas, instalaciones productivas o edificios utilizados por la población que allí se enterraba.

Ripoll considera por ello que la presencia de una necrópolis constituye un indicio importante para buscar en sus proximidades un poblado, un centro de explotación rural o un establecimiento religioso.

Una excepción fundamental: El Bovalar

El Bovalar · Seròs (Lleida) Uno de los escasos ejemplos donde asentamiento y cementerio paleocristiano-visigodo podían estudiarse conjuntamente.
Otros asentamientos conocidos Puig Rom y Recópolis permiten aproximarse directamente al hábitat de época visigoda.
Territorio

De la Meseta al conjunto de la Península

Las necrópolis más antiguas y algunos de los grandes cementerios tradicionalmente considerados visigodos se concentran entre los valles del Duero y del Tajo.

Los objetos más antiguos —entre ellos determinados tipos de fíbulas y broches de cinturón— apuntan igualmente hacia esta región para los primeros establecimientos.

Pero Ripoll advierte contra una interpretación excesivamente simple del mapa arqueológico. La concentración de yacimientos puede depender también de la intensidad desigual de la investigación.

Los numerosos hallazgos aislados distribuidos por prácticamente toda Hispania muestran que la presencia de población y de objetos relacionados con el mundo visigodo fue mucho más extensa.

Arqueología funeraria

Dos tradiciones funerarias

El panorama funerario de los siglos VI y VII no es uniforme. El estudio distingue entre los grandes cementerios de tradición asociada al mundo visigodo y los cementerios de tradición romano-cristiana.

Necrópolis alineadas

Los cementerios tradicionalmente relacionados con la Reihengräberzivilisation organizan las sepulturas mediante filas, agrupaciones y espacios de circulación. Duratón, Castiltierra, El Carpio de Tajo y Estagel constituyen ejemplos fundamentales.

Tradición romano-cristiana

Otros cementerios se organizan alrededor de iglesias y basílicas siguiendo tradiciones tardorromanas. Las tumbas pueden ocupar tanto el exterior como determinadas zonas interiores del edificio religioso.

El espacio funerario

Orden, familias y orientación

Las grandes necrópolis no eran acumulaciones desordenadas de tumbas. La distribución de las sepulturas revela una organización interna mediante grupos y calles de circulación.

Algunas agrupaciones parecen corresponder a familias, generaciones o individuos de rango semejante. La reutilización de las sepulturas confirma además la permanencia de la memoria familiar dentro del cementerio.

La orientación predominante es Este-Oeste. Existen desviaciones provocadas por la topografía, la geología del terreno o, posiblemente, por el momento del año en que se realizaba el enterramiento.

Orientación predominante
OESTE
ESTE
Transformación

Del siglo V al VII

Finales del siglo V

Aparecen algunos de los primeros objetos y conjuntos relacionados arqueológicamente con los nuevos grupos establecidos en Hispania.

Siglo VI

Se desarrollan las grandes necrópolis alineadas, especialmente documentadas en la Meseta.

561

El Concilio de Braga regula, entre otras cuestiones, determinados aspectos relacionados con los enterramientos y los espacios funerarios.

589

El III Concilio de Toledo constituye un punto fundamental en el proceso de integración religiosa entre visigodos e hispanorromanos.

Siglo VII

Se reducen progresivamente algunas diferencias observables en las prácticas funerarias y en los elementos de indumentaria.

Memoria funeraria

¿Cómo se reconocían las tumbas?

La reutilización de enterramientos plantea una cuestión esencial: si una familia regresaba a una sepultura para depositar nuevos individuos, debía poder reconocerla.

Sin embargo, la arqueología peninsular ha conservado muy pocas evidencias inequívocas de estelas o construcciones destinadas a señalar las tumbas.

Ripoll plantea como hipótesis la existencia de elementos perecederos: cruces o estructuras de madera, postes, pequeños túmulos de tierra o incluso plantas que habrían permitido identificar los enterramientos.

Creencias

Muerte, resurrección y ritual funerario

Para comprender las sepulturas no basta con describir su arquitectura. Ripoll las relaciona con las concepciones cristianas de la muerte, el alma y la resurrección.

La tumba funciona como espacio material de espera entre la muerte y la resurrección. La conservación del cuerpo, la agrupación familiar y determinados objetos personales deben interpretarse dentro de este horizonte religioso.

Los concilios muestran al mismo tiempo la existencia de prácticas que las autoridades eclesiásticas intentaron regular: velatorios en cementerios, encendido de cirios, celebraciones sobre las tumbas y posibles ofrendas alimenticias.

El registro arqueológico es más ambiguo. Algunas necrópolis han proporcionado recipientes cerámicos y posibles depósitos alimenticios, mientras que otros rituales conocidos por las fuentes escritas apenas dejan huella material.

Ajuares

Los objetos que acompañaban al difunto

Fíbulas, broches de cinturón y otros elementos de adorno personal constituyen una de las principales fuentes para estudiar la cronología y las transformaciones sociales.

Ripoll calcula que en las necrópolis visigodas clásicas aproximadamente un 30–40 % de los individuos libres fueron enterrados con adornos personales.

Durante el siglo VII esta proporción descendería hasta aproximadamente el 10 %. La autora advierte que esta disminución no debe interpretarse exclusivamente como un cambio ritual: puede estar relacionada también con la estratificación social.

Aragón

La presencia visigoda más allá de la Meseta

Uno de los aspectos de especial interés para el ámbito de CalandaGREC es que el mapa arqueológico descrito por Ripoll no termina en el valle del Duero o en la Meseta castellana.

La autora menciona expresamente hallazgos entonces recientes procedentes de la provincia de Huesca: broches de cinturón con placas decoradas mediante mosaico de celdillas y algunas placas liriformes.

Estos testimonios forman parte de una distribución mucho más amplia de materiales de época visigoda por el territorio peninsular.

Ripoll advertía en 1989 que aquellos materiales oscenses permanecían todavía inéditos y que incluso se desconocía su localización exacta. Su utilización como evidencia arqueológica debía, por tanto, realizarse con cautela.

En síntesis

Qué nos dicen las necrópolis

01 El cementerio implica población

Una necrópolis extensa permite presumir un asentamiento próximo aunque todavía no haya sido localizado.

02 Tumba no equivale automáticamente a etnia

Los objetos funerarios deben interpretarse con prudencia antes de convertirlos en identificadores étnicos.

03 Dos tradiciones

Durante el siglo VI conviven prácticas relacionadas con el mundo visigodo y otras profundamente romano-cristianas.

04 Organización familiar

Las agrupaciones, reutilizaciones y calles internas muestran que los cementerios eran espacios organizados.

05 Integración progresiva

Durante los siglos VI y VII las diferencias funerarias se transforman paralelamente a los cambios de la sociedad.

06 Continuidad e innovación

La arqueología funeraria refleja tanto la herencia tardorromana como las transformaciones de la Hispania visigoda.

Fuente original

Artículo completo

Gisela Ripoll López
1989 · pp. 389–418
El documento original se presenta íntegramente en este visor independiente para conservar la paginación, notas, referencias bibliográficas y maquetación de la publicación.
Referencia bibliográfica

RIPOLL LÓPEZ, Gisela, «Características generales del poblamiento y la arqueología funeraria visigoda de Hispania», Espacio, Tiempo y Forma. Serie I, Prehistoria y Arqueología, t. 2, 1989, pp. 389–418.
Fuente: Gisela Ripoll López · 1989  ·  Síntesis y edición web: Grupo de Estudios Calandinos (GREC)

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