Mis bisabuelos paternos: Moliner - Albesa
Mis bisabuelos paternos se llamaban Eusebio Moliner Piquer y Antonia Albesa, procedente esta última de la masía Vilalta de Ráfales. El presente texto recoge una memoria familiar transmitida por Luisa Vallés Celma, donde se entrelazan evocación, anécdota y contexto histórico.
De Ráfales a Calanda
Por el camino que conduce de Ráfales a Calanda, a finales de septiembre, caminaban un hombre de mediana edad y una joven que acompañaba a su padre, Manuel, con objeto de ver la feria de San Miguel en Calanda, o quizá para servir de rabadana al rebaño de ovejas, a la piara de cerdos, o para guiar con un gran palo al hombro al toro rezagado.
No le fue demasiado bien a la jovencita en aquella feria, porque al salir del pueblo sacudió el polvo de sus alpargatas de fiesta para no llevarlo como recuerdo. Después, los días transcurrían entre los animales domésticos, entre ellos un temerillo bravo que acompañaba las rabietas de la muchacha, pues si no se daba prisa en subirse a una gran piedra colocada en el corral a modo de barrera, el torito la acariciaba con sus incipientes astas.
No estaba dispuesta la niña a seguir de esa manera y así se lo hizo saber a su padre. Éste, inflexible, la envió a servir a La Fresneda, pese a que la familia se encontraba en situación acomodada. Allí, según el relato, sus amos le contaban hasta los bisaltos, y un día recibió una regañina porque faltaba uno… que finalmente apareció pegado en el puchero.
De La Fresneda vino después a Calanda, el mismo lugar del que había dicho que no quería ni el polvo. Allí contrajo matrimonio con Eusebio Moliner Piquer.
Carlistas, persecución y memoria oral
Eusebio Moliner Piquer aparece retratado como un aferrado partidario de Carlos V, igual que buena parte de su familia y, según el recuerdo transmitido, como casi todos los vecinos del pueblo. En el texto se evoca el ambiente tradicionalista del medio rural, contrapuesto al mayor apoyo urbano a Isabel II.
Se dice que, durante la guerra, fue perseguido y tuvo que echarse al monte. En una ocasión, habiendo quedado sin alpargatas, decidió entrar de noche en su casa de Calanda, situada frente a la ermita del Humilladero, por el camino del Calvario, para proveerse de algún calzado, al que entonces llamaban calcero. Cuando llamaba a la puerta, le sorprendió la patrulla isabelina al grito de:
Y él, uniendo la acción a la palabra, respondió:
Según la narración, disparó entonces su arcabuz y la bala fue a incrustarse en la casa de enfrente, propiedad entonces de los Gasca y hoy de los Pericones. Después huyó por el camino del Calvario y logró pasar el peligro ocultándose bajo el puente de una acequia.
El relato añade que, tras quedar preso en Zaragoza, su esposa y su cuñada Serafina fueron andando a verlo. Las siguió una perrita que tenían en casa y, ya llegadas a Zaragoza, el animal parió tres cachorrillos. Dos de ellos habrían sido llevados por la propia perra hasta Calanda, en dos viajes sucesivos, desapareciendo en el tercero.
La rama Albesa y la casa familiar
Los padres de Antonia y Serafina eran Manuel Albesa y Amara, tatarabuelos de la autora del texto. Amara dejó su nombre en la descendencia, hasta el punto de que a la abuela de Luisa algunas vecinas seguían llamándola Amara.
Manuel, es decir, el tatarabuelo, murió cuando se dirigía a Madrid para operarse de la vejiga, acompañado por su hija Serafina. Ésta, soltera y descrita en el texto como “un poco desquiciada”, vivió y murió en casa de la abuela.
La narración se detiene asimismo en una reflexión sobre la lógica familiar del mayorazgo. Resulta llamativo que, procediendo de una comarca y de una masía sometidas a ese régimen —en el que los bienes familiares pasaban íntegramente al hijo mayor para preservar el apellido y el patrimonio—, Serafina no fuese acogida por el primogénito, a quien correspondía la obligación de atender a los hermanos y a los padres.
Una memoria entre historia y evocación
El valor de este escrito reside en su fuerza evocadora. Más allá de los posibles errores cronológicos o de interpretación histórica, conserva escenas, formas de hablar, topónimos, vínculos de parentesco y recuerdos transmitidos dentro de la familia. Es, por ello, un ejemplo muy valioso de memoria local, donde la experiencia de Ráfales, La Fresneda y Calanda se funde con la historia política del siglo XIX y con la persistencia de los apellidos Moliner y Albesa en la tradición oral.