Tras las puertas del templo del Pilar
Las puertas tapiadas de los caños de la plaza del Pilar son accesos particulares pertenecientes al antiguo castillo musulmán, que sirvieron como refugio antiaéreo durante la Guerra Civil de 1936-1939.
En el pavimento pueden apreciarse las espigas y las uvas, alegoría de la Eucaristía, diseñadas por Antonio Royo Albesa y realizadas por Andrés Albacar Figueras.
Aquella plaza, que nosotros llamábamos “la replaceta del Pilar”, era una prolongación del patio de la escuela y escenario de numerosos juegos infantiles. Cada temporada se jugaba a uno distinto y, sin que nadie lo decidiera de manera expresa, un día se jugaba a las pecas o canicas y al siguiente todos aparecíamos con pones y chatas.
Pecas o canicas, pones y chatas, tabas, las suelas y las carpetas, con sus variantes de palmo, medio palmo y zupo. Los chavos con cartucho —perras gordas de cobre con las que había que derribar un cartucho de caza vacío— y los cartones recortados de las cajas de cerillas, cuyo valor dependía del dibujo.
También estaban las rodetas, hechas con la base de los baldes de zinc o con madera procedente de cajas de sardinas “civiles”. El colmás, con la raya que se alejaba cada vez más de quienes “la pagaban”. El churro, media manga y mangotero, el paro-disparo, civiles y ladrones, el marro o las guerras entre cuadrillas.
Nosotros teníamos el cuartel junto al Pilar, en una oquedad del muro. En la Era de la Orden estaban las huestes del Ojea y del Ibáñez, y en San Blas los Basilios.
También se hacían concursos de aviones de papel. A uno con las alas redondeadas lo llamábamos “pavas”, quizá por los aviones Savoia que “nos visitaron” durante el bombardeo de Calanda. Se decía que un “ababol” llegó con un avión hasta las campanas, aunque yo no lo vi.
El Pilar, puerta del sentimiento religioso
Si las puertas del Ayuntamiento indican la entrada a la vida civil del pueblo, la puerta del Pilar representa la entrada al sentir religioso de los calandinos.
Es como una silla de tres robustas patas y un firme respaldo:
Y como respaldo de esa silla se encuentra San Miguel, patrón del pueblo, jefe de las huestes celestiales y comendador de las ferias tradicionales, que en su tiempo de mayor esplendor llegaron a durar dieciséis días.
Los orígenes del templo
Consta que en Calanda, hasta 1640, solo existía una referencia a la Virgen del Pilar en un peirón o pilón, una columna con hornacina dedicada a un santo o a la Virgen que solía situarse en los caminos o en las salidas de la población.
En el Portal de Valencia se encontraba el peirón de la Virgen del Pilar, uno de los más queridos por los calandinos, situado en el actual Humilladero. Por ello, para algunos puristas, el “Portal” no designa únicamente el jardín del este del pueblo, sino todo el barrio situado tras la ermita del Humilladero, cuya imagen posee además quince mantos.
El 22 de abril de 1640, apenas un mes después del célebre milagro, el pueblo acordó erigir una pequeña ermita en la habitación de la casa de Pellicer, donde había ocurrido el prodigio. En su altar se veneró inicialmente un cuadro de la Virgen.
Posteriormente, en 1668, gracias a la cesión completa de la casa por Juan Miguel, se amplió la ermita y se colocó en el altar mayor una imagen —al parecer obra de Baltasar Mateo, natural de Mas de las Matas— que fue venerada durante 270 años, hasta su destrucción durante la Guerra Civil.
El templo en tiempos de guerra
Durante la Primera Guerra Carlista, en 1838, el templo fue incendiado a consecuencia de los bombardeos realizados desde Santa Bárbara. El calandino carlista Pedro Manero, “El Pericón”, salvó entonces la imagen con riesgo de su propia vida.
Tras el incendio se instaló el altar mayor del convento del Desierto, desamortizado por Mendizábal. Era un altar barroco de tres cuerpos sobre el cual se encontraba el camarín de la Virgen, realizado en 1817 por Manuel Espada, natural de Valjunquera.
El Pilar y la Semana Santa
Durante años, al quedar destruida la iglesia de San Miguel, los putuntunes tuvieron distintos cuarteles. Entre 1963 y 1973 utilizaron la sala capitular del Pilar, situada junto a la sacristía.
En la Semana Santa de 1973, el Sepulcro se depositó en la nave izquierda del templo al encontrarse cerradas las puertas de la parroquia, permaneciendo allí hasta que quien las había cerrado abandonó la población.
Actualmente el templo del Pilar interviene en dos celebraciones importantes:
- El Miércoles Santo, con el traslado del Sepulcro hasta la parroquia.
- El origen de la procesión del Pregón, a las tres y media del Viernes Santo.
Recuerdos y elementos del templo
En lo alto, a la derecha de la capilla del milagro, existe un soporte con forma de gallo, similar al de una lámpara. Antiguamente recuerdo ver colgar de él un sombrero cardenalicio rojo, que me dijeron pertenecía al cardenal Cascajares. Desconozco hoy su paradero.
A los pies del altar de San Antonio, en la nave lateral derecha, se abre una gran puerta en el suelo: se trata del enterramiento de la familia Cascajares.
Durante la Guerra Civil se eliminó el remate de zinc de la torre, donde se instaló una ametralladora antiaérea. En la restauración posterior intervino Pedro Pons, “Perico”.
Más tarde, con motivo de la construcción de la central térmica de Andorra, se realizó otra reparación por parte de dos operarios de Montajes Nervión, con la colaboración del calandino Andrés Albacar, quien ayudó a montar el andamiaje hasta los casi cuarenta metros de altura de la torre.
Junto al sagrario se encuentra hoy un arca con el retrato y los restos de Mosén Manuel Albert, sacerdote compañero de Mosén Vicente, muerto en los primeros días de la Guerra Civil y posteriormente beatificado por Juan Pablo II.