El final de las villae romanas
Transformar, reutilizar y habitar
De la residencia aristocrática a los espacios productivos, iglesias, cementerios y núcleos medievales. Una lectura histórica del estudio de Gisela Ripoll y Javier Arce sobre la transformación del campo occidental entre los siglos IV y VIII.
El final de una villa no significaba necesariamente su abandono
Durante mucho tiempo, el final de las grandes villae romanas se explicó mediante una imagen relativamente sencilla: la crisis del Imperio habría provocado el abandono de las residencias rurales y la desaparición del sistema económico que representaban. El estudio de Gisela Ripoll y Javier Arce obliga a sustituir esa imagen por otra mucho más compleja.
Entre los siglos IV y VIII numerosos establecimientos rurales occidentales experimentaron cambios profundos. Sus edificios pudieron ser compartimentados, perder su función residencial, convertirse en espacios productivos, acoger lugares de culto o enterramiento e incluso servir de referencia para nuevas formas de poblamiento.
Ripoll y Arce plantean el problema desde una perspectiva comparativa. No proponen una secuencia universal: las cronologías y formas de transformación varían según las regiones y los yacimientos. De ahí la necesidad de confrontar arquitectura, estratigrafía, cerámica, moneda, espacios funerarios y fuentes escritas.
¿Qué significaba realmente villa?
La dificultad comienza con la propia palabra. En época romana, una villa podía designar una explotación rural en la que coexistían sectores residenciales y espacios dedicados a la producción. La historiografía ha utilizado tradicionalmente las expresiones pars urbana y pars rustica para distinguir esas funciones.
Durante la Antigüedad tardía y la alta Edad Media el término adquirió, sin embargo, significados más amplios. Podía referirse a una propiedad, una comunidad rural o un núcleo de población. Por ello, la presencia de la palabra villa en una fuente altomedieval no demuestra por sí misma la supervivencia de una residencia aristocrática romana.
Las preguntas importantes
¿Cuándo dejaron de utilizarse las salas de representación? ¿Por qué algunas habitaciones fueron subdivididas? ¿Qué relación tuvieron esos cambios con la producción agrícola? ¿Quiénes ocuparon los antiguos edificios? ¿Cómo se relacionaron las iglesias y los cementerios con las construcciones anteriores? ¿Qué ocurrió con las élites propietarias?
Del palacio rural a nuevos espacios de vida
El registro arqueológico muestra distintas formas de reutilización. No constituyen fases obligatorias de una evolución única: pueden aparecer separadamente o combinarse dentro de un mismo establecimiento.
Producción y almacenamiento
Habitaciones inicialmente destinadas a residencia y representación aristocrática pudieron ser subdivididas y transformadas en talleres, almacenes o instalaciones agrícolas.
Iglesias y oratorios
Algunos sectores de antiguas residencias fueron reutilizados para espacios cristianos. La arquitectura romana podía conservarse parcialmente mientras cambiaba por completo su función.
Monasterios
La cristianización de las élites y las donaciones de propiedades favorecieron en determinados lugares la aparición de establecimientos religiosos vinculados a antiguas propiedades rurales.
Cementerios y nuevos hábitats
Las ruinas pudieron convertirse en espacios funerarios o recibir construcciones más modestas. El edificio monumental desaparecía como residencia, pero continuaba ordenando el espacio.
Torre Llauder: producir sobre los antiguos mosaicos
Uno de los ejemplos hispanos analizados es Torre Llauder, en Mataró. Después del siglo IV, algunos sectores termales fueron inutilizados y varias habitaciones cambiaron de función. En una de ellas se instalaron numerosos dolia sobre un pavimento de mosaico. La imagen resume bien el proceso: un espacio asociado anteriormente al prestigio residencial pasó a servir para actividades productivas o de almacenamiento.
Villa Fortunatus: residencia, cristianización y necrópolis
Para una lectura desde Aragón, uno de los casos más relevantes estudiados por Ripoll y Arce es Villa Fortunatus, en Fraga (Huesca). El establecimiento disponía de un importante sector residencial organizado en torno a un peristilo, acompañado de habitaciones domésticas y salas de representación decoradas con mosaicos.
Uno de los pavimentos incorporaba el nombre Fortunatus junto a un crismón con alfa y omega. La asociación constituye un indicio especialmente significativo de la penetración del cristianismo en ambientes aristocráticos rurales de la Antigüedad tardía.
La transformación del conjunto fue todavía más profunda. Varias dependencias del sector suroccidental fueron reutilizadas para construir un edificio cristiano. Posteriormente se produjeron nuevas reformas y determinados sectores de la antigua villa y del espacio religioso fueron ocupados por enterramientos.
¿Por qué se transformaron las villae?
El trabajo de Ripoll y Arce desaconseja las explicaciones monocausales. Las invasiones, la cristianización o una supuesta “decadencia” económica no bastan por sí solas para explicar la diversidad de situaciones documentadas.
Transformación de las élites
Los propietarios rurales formaban parte de grupos sociales vinculados también a las ciudades, la administración y posteriormente a las jerarquías eclesiásticas. La transformación de sus residencias debe situarse dentro de cambios más amplios en las estructuras de poder de la sociedad tardorromana.
Cristianización
La conversión de las aristocracias tuvo consecuencias materiales. La creación de oratorios e iglesias y la transferencia de propiedades mediante donaciones contribuyeron al crecimiento del patrimonio territorial de las instituciones eclesiásticas.
Propiedad y explotación
Los cambios en la gestión de las propiedades pudieron modificar la organización de los establecimientos rurales. Un complejo concebido como residencia de una élite podía continuar siendo explotado económicamente aun después de perder su antigua monumentalidad.
El problema del abandono
Una ruina arquitectónica no equivale necesariamente a un territorio despoblado. El desplazamiento de las áreas habitadas, la reutilización de materiales y la instalación de actividades en sectores diferentes pueden hacer arqueológicamente menos visible la continuidad.
¿Qué aporta este estudio a Calanda y al Bajo Aragón?
La utilidad del artículo para la investigación local es fundamentalmente metodológica. Al estudiar un asentamiento rural con materiales romanos y evidencias posteriores conviene evitar la división automática entre una “fase romana” y otra ocupación supuestamente independiente. La continuidad espacial puede mantenerse aunque cambien la arquitectura, la economía o la organización social.
Por ello, frente a la pregunta tradicional —«¿cuándo fue abandonado el asentamiento romano?»— puede resultar más productivo preguntar: «¿qué ocurrió en este lugar cuando dejó de funcionar de la manera en que lo había hecho durante el Imperio?».
Indicios que conviene documentar
Muros reutilizados, compartimentaciones tardías, hogares sobre pavimentos anteriores, silos, hornos, depósitos, reutilización de sillares, cerámicas tardías, sepulturas y desplazamientos de las áreas de actividad.
Interpretaciones que deben evitarse
No toda ruina implica despoblación; una sepultura junto a estructuras romanas no demuestra por sí sola la existencia de una iglesia; y una continuidad topográfica tampoco demuestra automáticamente una continuidad institucional.
Villa Fortunatus constituye un referente aragonés de gran interés, pero debe utilizarse como comparación, no como plantilla. Precisamente una de las principales enseñanzas del artículo es que cada establecimiento requiere reconstruir su propia secuencia arqueológica.
Del concepto de decadencia al de transformación
Publicado en 2001, el trabajo de Ripoll y Arce participa de una renovación historiográfica decisiva para el estudio de la transición entre el mundo romano y el medieval. Su interés reside en superar la oposición demasiado simple entre “continuidad” y “ruptura”.
Una villa puede desaparecer como residencia aristocrática y, simultáneamente, conservar importancia como centro productivo, lugar de culto, cementerio o referencia para una nueva comunidad. La continuidad, por tanto, no tiene por qué significar permanencia de las mismas estructuras sociales.
El artículo también subraya la necesidad de confrontar dos registros diferentes. Las fuentes escritas hablan de propiedades, villae, iglesias y comunidades; la arqueología descubre muros cegados, habitaciones subdivididas, hogares, depósitos, tumbas y nuevos edificios. Ninguno de ambos registros resulta suficiente por separado.
Una transformación de larga duración
Entre Roma y la Edad Media, el paisaje rural occidental no fue simplemente abandonado y sustituido por otro. En numerosos lugares fue transformado y reutilizado.
Los edificios cambiaron de función, las formas de propiedad se modificaron, los espacios de prestigio pudieron convertirse en instalaciones productivas o religiosas y las antiguas construcciones continuaron condicionando el territorio de generaciones posteriores.
Esta perspectiva convierte el estudio arqueológico de la Antigüedad tardía en una investigación sobre procesos, no únicamente sobre fechas de abandono. Para la arqueología territorial del Bajo Aragón constituye una herramienta especialmente útil: obliga a observar las fases intermedias y a no confundir el final de una arquitectura con el final de la ocupación humana.
Fuente y bibliografía
RIPOLL, Gisela; ARCE, Javier, «Transformación y final de las villae en occidente (siglos IV-VIII): problemas y perspectivas», Arqueología y Territorio Medieval, 8, 2001, pp. 21-54.
El artículo desarrolla una aproximación comparativa a las transformaciones de las villae occidentales mediante el análisis conjunto de documentación arqueológica y fuentes escritas. Entre los casos hispanos tratados figuran Torre Llauder, Villa Fortunatus y São Cucufate, junto a ejemplos de otras regiones occidentales.