LOS MORISCOS ARAGONESES Y LAS LIBERTADES DE ARAGON (1561)
Los moriscos aragoneses y las libertades de Aragón (1561)
Reelaboración en formato académico y estilo GREC de una entrada digital que reproduce un texto de Lola Aguado sobre la cuestión morisca en Aragón, la defensa de los fueros del reino y el conflicto entre jurisdicción inquisitorial y libertades aragonesas.
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Presentación historiográfica
El texto de Lola Aguado se sitúa dentro de una tradición divulgativa de alta calidad, propia de ciertas revistas culturales del siglo XX, en la que la historia política y social del Aragón moderno se presenta mediante una narración clara, ágil y apoyada en episodios significativos. El artículo toma como eje la defensa de los moriscos aragoneses por parte de sectores del reino y plantea que la ofensiva contra esta minoría no puede entenderse únicamente en términos religiosos.
Su tesis principal es que, en Aragón, la cuestión morisca se entrelazó con la defensa de las libertades forales. De este modo, la persecución de los moriscos y la actuación inquisitorial aparecían también como una forma de presión sobre el sistema político aragonés. La autora subraya así la especificidad del caso aragonés frente a otras realidades peninsulares.
Nota sobre la autora
Lola Aguado fue el seudónimo de María Dolores Palá Bermejo, nacida en Calanda en 1922 y fallecida en Madrid en 1981. Su trayectoria profesional se desarrolló en el ámbito del periodismo, la crítica musical y la traducción, y colaboró en publicaciones como Pueblo, El Alcázar y Gaceta Ilustrada. La entrada analizada incorpora precisamente una nota biográfica que recupera esa dimensión intelectual y periodística.
Contexto histórico
La cuestión morisca fue uno de los grandes problemas de la monarquía hispánica en el siglo XVI. En el caso aragonés, la presencia de comunidades moriscas estaba estrechamente vinculada a la economía rural, al régimen señorial y a la compleja arquitectura jurídica del reino. De ahí que los conflictos relacionados con su estatuto, vigilancia o persecución afectaran no solo a la religión y al orden público, sino también a las relaciones entre Corona, Inquisición, nobleza y fueros.
El texto pone especial énfasis en la figura de don Francés de Ariño, presentado como defensor de las libertades aragonesas y de los vasallos moriscos, y lo vincula con otros nombres como don Lope de Francia. A través de ellos, la autora muestra que el debate sobre los moriscos podía convertirse en una discusión más amplia sobre derechos, jurisdicción y límites del poder.
Texto íntegro visible en la entrada
El tema de las minorías religiosas constituidas por judíos y moriscos fue uno de los problemas más candentes de la política interior española en la Alta Edad Moderna. Fruto de la intolerancia y de la Inquisición, el anhelo de “pureza de sangre” que como un fantasma amenazador aparece en la Corte de Felipe II no es tan sólo un problema religioso.
En Aragón –país de libertades–, los cristianos viejos querían a sus moriscos, magníficos agricultores con los que convivían en paz desde hacía siglos. Cuando llegó la persecución, les defendieron ante los representantes del poder central. Y es que, en el caso concreto de Aragón, la arremetida contra los moriscos conllevaba un paralelo ataque a las libertades y fueros tradicionales.
El 3 de julio de 1561, estando don Francés de Ariño en la Lonja de Zaragoza, un grupo de más de treinta familiares del Santo Oficio vinieron a prenderle, llevándole con gran aparato a la Aljafería, casi al otro extremo de la ciudad, desde donde más tarde sería enviado a Toledo.
Que lo llevasen a la Aljafería no dejaba de ser en cierto modo irónico, porque don Francés había luchado denodadamente por evitar que llevasen allí a muchas gentes y por tratar de sacarlas, una vez que habían sido apresadas, y trasladadas a una cárcel, la cárcel de la Manifestación, donde se respetaban lo que ahora llamamos pomposamente “derechos humanos”.
El hecho es que en la cárcel de la Manifestación el preso no podía ser torturado ni podía dejársele incomunicado.
Por otra parte, la Aljafería, o lo que quedase de ella, era el antiguo palacio de los reyes moros de Zaragoza y todavía conservaba no poco esplendor.
Pero si don Francés había sido llevado allí, lo había sido por defender a unos vasallos moriscos que cultivaban unas tierras que, por cierto, les producían muy cortos beneficios.
Tipo curioso este don Francés: representante parlamentario, procurador de los derechos del reino de Aragón, defensor ardiente de sus fueros y libertades.
Tras unos años de estancia en Italia había desempeñado un papel muy importante, al volver a su país, en todo aquel complicado y delicado asunto de la defensa de los vasallos moriscos, asunto en el que se debatían a un tiempo privilegios arcaicos y libertades modernas.
Cuando con motivo de alguno de los sucesos que tuvieron alborotada Zaragoza en la segunda mitad del siglo XVI, se oyó gritar por las calles “¡Libertad, libertad!”, Felipe II se inquietó y mandó preguntar a qué respondían aquellos apellidos o gritos; pero se tranquilizó cuando le respondieron que no representaban un atentado contra la autoridad del rey, sino una defensa de las leyes y libertades del reino de Aragón.
Antes que don Francés había sido detenido otro noble de primera fila: don Lope de Francia, señor de Bureta.
Poco sabemos de estos personajes y a menudo nos vemos obligados a leer entre líneas y a sacar partido a la más pequeña migaja de información.
Tanto el proceso de don Francés como el de don Lope presentan acusaciones semejantes: desacato a la autoridad, sospechas de parentesco con moros y judíos, denuncias interesadas y declaraciones acerca de las relaciones de sus vasallos moriscos con agentes exteriores.
Por lo demás, la valentía de ambos señores feudales fue extraordinaria.
Antes de ser detenidos, sabían ya que les iban a detener e incluso lo deseaban, porque así, pensaban, se enteraría mejor la Corte de la manera en que se llevaban los asuntos de Aragón.
En su moral eran útiles y buenos, aunque no cristianos.
Interés historiográfico
- Presenta la cuestión morisca aragonesa como problema religioso, político y foral a la vez.
- Relaciona la persecución inquisitorial con la defensa de las libertades del reino de Aragón.
- Recupera figuras poco recordadas por la historiografía divulgativa general, como Francés de Ariño.
- Ofrece una lectura del Aragón moderno centrada en sus instituciones y en su cultura política propia.
- Tiene además valor local por la vinculación de la autora, Lola Aguado, con Calanda.
Nota editorial
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