LA MUJER EN LA HISTORIA DE ROMA

15/03/2021
39 min lectura

Autoría: Asunción Blesa Castán

Al hablar de la mujer en el Imperio Romano, tendremos en cuenta la diversidad de culturas que afectaron al entramado social en el periodo que duro el imperio.  Roma fue la cuna del posterior mundo occidental sentando las bases de su cultura.

El imperio Romano consiguió, en el transcurso de su historia un amplio territorio fruto de su afán expansivo a través de batallas y luchas. Abarcaron todas las tierras que rodeaban el mar Mediterráneo, desde el océano Atlántico, al oeste, hasta las orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico al este, y desde el desierto del Sahara y Egipto al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los rio Rin y Danubio y Britania.

En el inmenso territorio del Imperio Romano se fundaron muchas de las grandes e importantes ciudades de la actual Europa Occidental, el norte de África y Anatolia. Ciudades como: París Lutecia; Estambul Constantinopla; Viena Vindonoba; Barcelona Barcino; Zaragoza Caesaraugusta; Mérida Augusta Emérita; Milán MediolCanum; Londres Londinium; Colchester Canulodunum; Lyon Lugdunum, entre otras.

No podemos olvidar que los inicios de la historia de Roma se remontan al siglo VIII a C. según sus relatos mitológicos sobre la fundación de la ciudad que dio origen al imperio. En el siglo V, después de una paulatina decadencia, el Imperio se divide en dos, el de Occidente y el de Oriente. El de Occidente, con capital en Roma, sucumbirá bajo las invasiones bárbaras marcando con ello el inicio de la Edad Media. El de Oriente, con capital en Constantinopla, perdurará hasta el 1453 con la caída de dicha ciudad en manos de los turcos, marcando el fin de la Edad Media y el inicio de la Edad Moderna.

Roma asimiló un sinfín de culturas y sociedades que fueron integradas de forma más o menos virulentas en su entramado político. La que más influyó fue la griega, contribuyendo a su idea religiosa, filosófica y artística. Las deidades del Olimpo griego fueron adoptadas por la civilización romana. Los pensadores helenos siguieron vivos en la memoria de los filósofos romanos.

La imposición de normas por parte de los romanos a los pueblos conquistados, como la lengua y la religión, les hizo modificar y adaptar sus tradiciones y valores sociales. Naturalmente también en lo que se refiere a la valoración y la función de las mujeres que formaban parte de todo el imperio romano.

Las mujeres tuvieron un papel distinto en la sociedad romana al que tuvieron en otras civilizaciones como la mesopotámica o la griega.  Las mujeres romanas disfrutaron de una cierta libertad desconocida hasta ese momento; llegaron a protagonizar las primeras manifestaciones públicas reivindicativas. En el grupo de las sacerdotisas se formó una singular tipología de mujeres denominadas vestales y las mujeres de las distintas dinastías imperiales jugaron también un papel sumamente activo en el Palatino.

Pintura mural hallada en Pompeya

 

 

El origen de la familia en la antigua Roma

En la versión mítica que sienta las bases del pueblo de roma, se hace mención a las las tradiciones de los pueblos latinos, etruscos y sabinos que fueron los que se mezclaron y formaron la identidad romana.

Los latinos era un pueblo indoeuropeo que había llegado a la península itálica hacia el segundo milenio aC., de ellos la civilización romana asimilaría la organización patriarcal y gentilicia en sus primeras tribus. Estas sociedades primitivas se organizaban a partir de una gens, que era un conjunto de familias que tenía un antepasado común. Las mujeres estaban ligadas a su familia de origen. Cuando una mujer contraía matrimonio, continuaba perteneciendo a su propia gens a la que volvía en caso de quedar viuda o separarse de su marido.

A esa base latina se incorporarían hacía el siglo VII a C. una importante influencia etrusca. En la sociedad etrusca las mujeres eran las garantes de la transmisión de la nobleza y disfrutaban de una igualdad entre ambos sexos que chocó con las tradiciones latinas.

Los sabinos, la tercera base étnica de la futura Roma, eran un conjunto de tribus de procedencia indoeuropea, similar a la de los latinos, que se dedicaban preferentemente a la ganadería. De ellos surgiría la famosa leyenda de las sabinas, según la cual Rómulo habría raptado a las mujeres de ese pueblo de pastores para nutrir a su nueva ciudad de Roma de esposas para sus soldados. Ese mito se repetirá durante siglos en los matrimonios romanos escenificando el drama que suponía para las jóvenes abandonar su hogar para ser entregadas a su marido.

La familia romana, principal elemento de la formación de la sociedad durante esta época arcaica, se organizaba sobre una estructura patriarcal. El patre o pater acumulaba toda la autoridad, tanto sobre los miembros de la familia, mujer, hijos y esclavos como de los bienes y objetos; eran tratados por igual, eran posesiones del cabeza de familia, quien tenía derecho sobre todos ellos.

En esta familia arcaica, cuya estructura básica permanece hasta el periodo de la República, la esposa accede a su nuevo hogar en calidad de “hija” en lo que se refiere a derechos y deberes legales. El marido debía proteger a su esposa-hija, tenía sobre ella toda la potestad legal y la podía repudiar. Pasaba del manus (manos) de su pater familias (propietario) al manus del marido.

Las mujeres, igual que los niños, fueron consideradas durante mucho tiempo como menores de edad. El derecho romano las consideraba incapacitadas para realizar alguno de los principales roles sociales. Los juristas consideraban a las mujeres como débiles de espíritu, imperfectas con respecto a los hombres. Ellas necesitaban un intermediario para su vida como ciudadanas mientras que en el seno del hogar se admitía una igualdad entre ambos y cierta libertad de la esposa.

Si el pater familias fallecía antes que una mujer de su hogar contrajera matrimonio, su custodia y patria potestad recaía en el familiar varón más próximo o en el tutor asignado por el padre si este lo había dejado estipulado en su testamento.

Las ceremonias de unión entre un hombre y una mujer no tenían base jurídica, eran solo ritos heredados escenificando el cambio de hogar por parte de la mujer. La novia se vestía con una túnica recta de color blanco, atada a la cintura con un nudo conocido como “nudo de Hércules” que solo podía desatar el novio una vez convertido en esposo. El pelo de la novia era peinado con una punta de lanza de hierro (hasta caelibaris) con seis trenzas dispuestas alrededor de la cabeza que se cubría con un velo.

Detalle sarcófago siglo IV. Una pareja en la ceremonia de unir las manos.

La ceremonia principal era el sacrificio de un animal que se ofrecía a los dioses, tras lo cual se inscribía el matrimonio en las tabulae nuptiales, en presencia de varios testigos y los contrayentes, con sus diestras unidas, recitaban sus promesas de matrimonio sellando así la unión entre ambos. Después de unas plegarias a varias divinidades, se daba paso al banquete nupcial.

Dentro del matrimonio con manus existían tres variaciones distintas. La unión más estable era el matrimonio confarreatio, (ceremonia) considerado indisoluble; el coemptio (rebaja) suponía la asimilación del matrimonio a la adquisición de una propiedad, de manera que el marido “compraba” de manera simbólica la autoridad sobre su esposa al padre de esta. Finalmente, el usus, (utilizar) matrimonio que se materializaba a partir de la convivencia de los conyugues durante un año seguido.

El matrimonio con manus, aparece en la Ley de las XII Tablas, que se cree escrito a mediados del siglo V a C. Concretamente en las Tabulae Iniquae (Tablas de los Injustos). Donde aparecía una prohibición expresa de matrimonio entre patricios y plebeyos. Impidiendo que a través de las herencias los plebeyos pudieran enriquecerse.

La Lex Canuleia, de 445 aC. autorizaba a realizar matrimonios sin manus, esto quería decir, que si una mujer patricia contraía matrimonio con un plebeyo era el padre de la novia el que seguía siendo su tutor legal. No había por así decirlo, traspaso del manus; permitiendo a las mujeres vivir alejadas de su tutor legal. La mujer se casaba con un hombre que no tenía poder sobre ella, pues dicho poder había quedado ligado a la casa del pater familias, alcanzando un estatus de mayor libertad.

Nadie les iba a dar el poder, debían de tomarlo

La nueva esposa se convertía en la señora del hogar de su marido. Con las llaves de la casa en su dominio, tenía la responsabilidad de gestionar y administrar los bienes comunes y dirigir el trabajo de los siervos y esclavos. El aprendizaje para esto lo había recibido de su propia madre o alguna mujer de su antiguo hogar que se complementaba con la que le facilitaba su madre política, cuando se incorporaba muy joven a la vida conyugal, como solía ser habitual. Sin olvidarnos de que su principal obligación era el de dar vástagos al nuevo grupo familiar.

En los últimos tiempos de la República, el matrimonio sin manus fue el más habitual. La mujer no pasaba a la tutela del marido y el control jurídico paterno fue desapareciendo con el tiempo y se convirtió en una tutela simbólica. Las mujeres además de esta “liberación” jurídica, pudieron llegar a conseguir un patrimonio considerable, ya que tenían la posibilidad legal de heredar los bienes paternos en igualdad de condiciones que sus hermanos, según la ley de las XII Tablas.

Jurídicamente no se eliminó el control legal de las mujeres por parte de los hombres hasta el reinado de Diocleciano en el siglo III; pero, en ese momento, ya hacía tiempo que las mujeres habían encontrado la forma de alcanzar una relativa y a veces importante emancipación.

Como viene siendo habitual en el relato histórico, el principal papel de las mujeres dentro del matrimonio era el de dar a su esposo una descendencia legítima, unos hijos que, según el derecho romano, se encontraban bajo la potestad del padre, nunca de la madre.

La matrona romana

MATRONAS ROMANAS

Es el nombre que se le daba a las mujeres que encarnaban el ideal femenino para los romanos. Debía de cumplir con los requisitos establecidos para dar prestigio social a la familia. Mujer joven y hermosa, que amara a su marido con todo su corazón.  Entendiendo que no solo debía serle fiel en vida, sino después de la muerte de este. Dar hijos a su esposo y ocuparse de su cuidado y de su educación. Debía de ser una mujer que supiera leer, amable en el hablar y honesta en su comportamiento. Guardiana y cuidadora de su casa, conocedora de todas las técnicas necesarias para hacer funcionar un hogar: hilar, tejer, amasar, cocinar….

Estas matronas romanas eran las mujeres de las familias patricias. De ellas se tienen más datos que del resto de mujeres que formaban la sociedad romana. Tenían el control de la vida dentro del hogar (domus) e iniciaron poco a poco un proceso de emancipación y participación en la esfera pública.

Está documentado que en la época arcaica realizaban fiestas dedicadas a Bona Dea, diosa de la fertilidad, organizadas por las propias matronas y celebradas en casa de la mujer de un hombre importante de la ciudad. El marido y los demás hombres de la familia y del servicio abandonaban por unas horas el hogar. En estas fiestas en las que también participaban vestales, las mujeres bebían vino, algo que les estaba prohibido.

Las matronas romanas asistían y disfrutaban de las fiestas a las que acudían con sus maridos, iban  a las tiendas a comprar y supervisaban la educación de sus hijos. Esta responsabilidad pudo ser asumida por las matronas romanas ya que ellas habían sido educadas en su infancia en igualdad de condiciones que sus hermanos.

Relieve de niñas jugando
Estatuilla siglo I Mujer leyendo
Mosaico de mujeres haciendo deporte

El acceso de las mujeres a la educación hizo que algunas de ellas dejaran su huella en la historia de Roma. Sobresalen como escritoras los nombres de: Cornelia con sus cartas, Agripina la Menor con sus memorias. Sulpicia, que vivió en el siglo I a C., fue una poetisa de la cual se ha conservado seis poemas de su obra. Otras poetisas fueron Sulpicia, que vivió en el primer siglo de nuestra era, De Melino del segundo siglo que nos ha legado su Oda a Roma, poema laudatorio que ensalzaba la grandeza del Imperio. Mujeres como estas fueron artífices de los primeros salones literarios de la historia.

Sulpicia, poetisa romana

A partir del segundo siglo de nuestra era, las matronas romanas adquieren cierto protagonismo en la vida de la ciudad de Roma.  En 1878 se halló en el pórtico de Octavia, la base de una estatua con la inscripción: Cornelia, hija del Africano y madre de los Gracos. Salía a la luz la primera estatua erigida en honor a una mujer en la antigua Roma.

Cornelia la menor

Cornelia la Menor, nuevo ideal femenino en la época de la República; era hija del héroe Escipión el Africano, vencedor de los cartagineses liderados por Aníbal. Casada con Tiberio Sempronio Graco, tuvo doce hijos y solo llegaron a la edad adulta: Tiberio, Gayo y Sempronia.

Cuando su marido falleció, ella tenía treinta y cinco años y optó por permanecer viuda hasta el fin de sus días. Cornelia se centró en la educación de sus dos hijos menores, tarea que pudo realizar gracias a la formación que ella misma había recibido. Esta matrona viuda se convirtió en una dama respetada con gran prestigio; su reputación fue tal que el rey Ptolomeo VIII pidió su mano recibiendo una rotunda negativa por parte de la dama.

Considerada una de las mujeres con más coraje y dignidad de toda la historia de Roma, la figura de Cornelia nos ayuda a entender el papel que jugaron algunas matronas en la época republicana y durante el imperio. Se hicieron valedoras de una independencia personal a pesar de que las leyes hacían de las esposas figuras jurídicas inferiores a los hombres.

Las matronas romanas jugaron un papel destacado, indirectamente, en el Senado de la República. Las mujeres no podían participar en las actividades políticas pero las uniones matrimoniales de los senadores eran vitales para consolidar los clanes con ascendencia común.

TERENCIA
CICERON

Algunas de las mujeres que fueron moneda de cambio en estas alianzas, llegaron a convertirse en asesoras políticas en la sombra de los senadores, como fue Terencia, la mujer de Cicerón.

Entre el final de la República y el nacimiento del Imperio las guerras civiles se sucedieron y fueron años de transición donde la sociedad romana volvió a vivir tiempos turbulentos. Las mujeres de los principales protagonistas de aquellos convulsos años jugaron un papel determinante.

Hay historiadores que consideran que el matrimonio entre Pompeyo y Julia, hija de César, aportó estabilidad política y mantuvo la paz durante el primer triunvirato, formado por Pompeyo, Julio César y Marco Licinio Craso.

Si se considera que Julia jugó un papel estabilizador y pacificador dentro de la política romana, también se considera que otra mujer contemporánea, Fulvia, se inmiscuyó en los asuntos de la Republica de forma improcedente.

La muestran como una dama rica y ambiciosa que se casó tres veces. Clodio, su primer marido, fue un demagogo político tanto o más ambicioso que ella que acabo asesinado por facciones enemigas. Su segundo matrimonio fue con el tribuno Cayo Escribonio Curión y el tercero con Marco Antonio.

Moneda acuñada en Eumea (Frigia) con el busto de Fulvia en el anverso.

Fulvia empleo sus riquezas en favor de la proyección política de sus esposos, llegando a ser la primera mujer en ver inmortalizado su rostro en una moneda. Se inmiscuyo en los asuntos políticos de sus maridos a los que llego a acompañar hasta los campamentos del ejército.

En el siglo I aC. aparece Hortensia, hija de un cónsul romano que pasó a la historia por sus grandes dotes como oradora. Su principal actuación pública fue un discurso que dio ante el Segundo Triunvirato en el 42 aC. junto a un grupo de mujeres. Hortensia reclamó la derogación de una ley impuesta para sufragar los gastos de la guerra y que afectaba directamente a las mujeres ricas. Aunque no consiguió abolir la ley, se redujo el número de damas adineradas con obligación de contribuir a la causa bélica.

Augusto promulgó las Leyes Julianas en el 18 aC. que afianzaba la institución del matrimonio y lo consolidaba como estructura familiar básica de la nueva sociedad romana. Esta nueva legislación supuso una liberación para las mujeres en su relación con los tutores.  Según estas leyes, una mujer quedaba libre de cualquier tutela cuando engendraba a tres hijos, mientras que una liberta necesitaba cuatro, para alcanzar dicha libertad.

Dentro de las leyes dictadas por Augusto se tuvo especial interés en castigar el adulterio y aceptaba como legales las uniones entre libres y libertos, exceptuando a los senadores. Las Leyes Julianas permitieron que las viudas o divorciadas pudieran volver a casarse.

 

La mujer en la sociedad romana

NODRIZA

Algunas de las mujeres romanas, estaban al servicio de la aristocracia, cumpliendo con trabajos especializados como nodrizas, cuidadoras de niños y niñas de la familia, relacionadas también con cuestiones médicas y de sanación, o en labores textiles y de confección. También se mencionan a masajistas, lectoras o artistas; y en los hogares más ricos y con grandes propiedades detallan a una esclava denominada “vilica”, encargada de vigilar al numeroso grupo de las esclavas que convivían en el domus.

Fuera del servicio de las clases pudientes encontramos profesionales que viven de su propio trabajo como peluqueras, costureras, comerciantes y comadronas. Excepcionalmente aparece documentada una mujer que ejerció de abogada.

Sin olvidar que la mayoría de las mujeres, se ocupaban de su familia y sus posesiones. El cuidado y alimentación de la prole, así como mantener el orden en su hogar para satisfacer y agradar al esposo y señor del mismo.

Inicialmente la manipulación de la lana se efectuaba en el hogar, pero posteriormente fueron creándose pequeños talleres donde hombres y mujeres trabajan conjuntamente, en una primitiva producción industrial. También participan las mujeres en otros trabajos artesanales como la construcción de ladrillos, como prueban los nombres de mujer grabados en ellos.

En las calles de Roma se encuentran actrices, mimas y bailarinas que suben a los escenarios, siendo el teatro un arte reservado a los actores. A finales del siglo III a C. aparecen noticias de Antiodemis, la primera actriz de mímica en Roma, una mujer de origen heleno. Las cortesanas fueron muy comunes en las calles de Roma. La prostitución se ejercía normalmente en tabernas donde las mujeres trabajaban como camareras además de ofrecer sus servicios sexuales.

Gladiatrix

También podemos mencionar a dos mujeres Achilia y Amazona, que eran gladiatrix (gladiadoras) y fueron inmortalizadas en un relieve procedente de la ciudad turca de Halicarnaso y que en la actualidad se halla en el Museo Británico.

Gladiatrix

Las gladiadoras aparecen documentadas desde tiempos del emperador Nerón y es probable que participaran en las fiestas del imperio, luchando igual que los gladiadores.

El poder femenino en la Roma imperial

Los últimos tres siglos de la historia de Roma fueron esplendorosos y decadentes. Empezaron con el dominio de Julio Cesar y varias dinastías se sucedieron en el poder imperial. En este nuevo orden, la figura pública de la mujer en el poder no tuvo un rol oficial. No encontraremos a ninguna mujer con el título de emperatriz ni que ostentara el poder por méritos propios. Solo algunas madres, esposas o hijas de la casa imperial recibieron el título de Augusta, pero siempre por voluntad del emperador.

A pesar de ello, hubo mujeres que ejercieron una importante influencia en la política y tomaron decisiones de gobierno, sin olvidar el protagonismo que tuvieron en momentos clave de la sucesión dinástica. Podemos mencionar a Julia, única hija biológica de Augusto, quien, tras casarse con Marco Claudio Marcelo y Marco Vespasiano Agripa, contrajo matrimonio con su hermanastro y futuro emperador Tiberio, hijo de la segunda esposa de Augusto, Livia Drusila.

Livia Drusila

Livia participo activamente en el reinado de su marido y en el de su hijo Tiberio, traspasando y manipulando los límites políticos además de asentarse en el ámbito religioso. Se convirtió en la sacerdotisa mayor del culto a su difunto y divinizado marido Augusto.

Más poder llegó a tener Julia Domma a finales del siglo II y principios del III de nuestra era como esposa del emperador Séptimo Severo. Mujer inteligente que ejerció una fuerte influencia sobre su marido, a quien convenció para luchar contra Pescenio Niger y Clodio Albi. Después del triunfo se convirtió en la mujer más influyente del imperio. También se la consideraba una libertina. Cuando murió su esposo ejerció gran influencia sobre sus hijos.

Hechos más truculentos como asesinatos políticos fueron ejecutados por las damas imperiales. Agripina la Menor, cuarta esposa del emperador Claudio y madre del emperador Nerón, ejecutó a su marido para poner en el trono a su hijo. Ella misma sería posteriormente víctima de sus mismas argucias por parte de su propio hijo.

Hombres y mujeres por igual, podían realizar todo tipo de tropelías si el poder estaba en sus manos, el conocimiento de la historia nos lo demuestra.

La mujer y el culto romano

Las mujeres romanas no tuvieron un papel activo en los rituales religiosos, ni públicos ni privados. Exceptuando a las vestales y a las flaminias, que consagraron su vida a alguna divinidad. Pero las mujeres romanas participaron en rituales, aunque tuvieran que hacerlo en lugares alejados del núcleo urbano dedicados a deidades extranjeras bajo cuya protección y amparo se pusieron.

Suma Vestal Virgo Vestalis Máxima

Una de las divinidades femeninas más venerada fue la diosa Fortuna en sus distintas variantes. Fortuna Virginalis, patrona de las muchachas que alcanzaban la mayoría de edad. Fortuna Primigenia, responsable de velar por las jóvenes convertidas en esposas y madres. La Fortuna Viril era la encargada de garantizar una buena vida sexual a las mujeres.

Relieve de una vestal del II siglo del Palatino

Algunas de las fiestas en las que participaban las mujeres romanas, celebradas extramuros y en lugares considerados de mala reputación y basados en cultos extranjeros, eran las Capotrinas. Fiestas en honor a la fecundidad femenina en las que las mujeres libres y sirvientas realizaban un sacrificio a Juno. Las matralias era las fiestas que se celebraban en el templo situado en el Foto Boario, donde era adorada la Buena Madre, (Mater Matuta). La ceremonia principal era una recreación simbólica de la llegada de la Aurora (Mater Matuta) después de las tinieblas.

Y en otra zona alejada de la ciudad, las matronas rendían culto a la Fortuna Muliebris, protectora de mujeres y niños, en un ritual donde una mujer casada en primeras nupcias, ejercía de sacerdotisa ofreciendo sacrificios.

La mitología romana consideró el fuego como el centro del hogar. Su luz y calor entrañaban la razón de la familia y personificó ese poder en la diosa Vesta, cuya esencia fue heredada de la diosa griega Hestia.

En una cabaña circular erigida sobre el monte Palatino, en la Roma arcaica, el fuego de Vesta permanecía vivo. Las encargadas de que no se extinguiera eran mujeres elegidas para velar por su eterna llama, de ahí su nombre de vestales. Las vestales estaban controladas por el Gran Pontífice. Ese fue el origen del principal sacerdocio femenino de la antigua Roma que permaneció a lo largo de su historia.

Ruinas de la Casa de las Vestales en Roma.

La cabaña del monte Palatino se transformó con el tiempo en un magnífico edificio conocido como la Casa de las Vestales. Allí, a una edad temprana entre los seis y los diez años, las niñas ingresaban para vivir una vida de sacrificios. Las dos grandes responsabilidades que tenían era permanecer vírgenes y no dejar que el fuego sagrado se extinguiera. No cumplir con la primera representaba ser enterrada viva; no cumplir la segunda se pagaba con una serie de latigazos.

Las vestales tenían un grado de emancipación superior al de las mujeres casadas. Desde poder viajar en un carruaje o ser precedidas por un hombre para facilitarles el paso por la ciudad, hasta disponer de sus bienes y redactar testamentos. Podían participar en actos de sacrificio públicos y tenían derecho a portar el cuchillo utilizado en los sacrificios. Las vestales existieron hasta el año 394 cuando fueron disueltas definitivamente.

Las flaminicas, esposas de algunos sacerdotes romanos, tenían una participación importante en los sacrificios como ayudantes de sus maridos. La pareja formada por el flamen y la flaminica de Jupiter era de las más importantes; su base era el matrimonio confarreatio, su función sacerdotal era común y complementaria hasta el punto de que si un flamen quedaba viudo no podía continuar ejerciendo su labor sacerdotal.

También podemos recordar a las sacerdotisas griegas que supervisaban el culto a la diosa romana de la agricultura y la fertilidad Ceres, identificada con la diosa griega Deméter. El culto a la diosa egipcia Isis supuso una situación excepcional, se extendió por todo el Mediterráneo adaptándose fácilmente a los modelos divinos de las distintas sociedades a las que llegaba. Tan poderosa fue su figura que lejos de desaparecer impregnó con su esencia a los romanos y posteriormente a la religión cristiana.

Las mujeres y el cristianismo primitivo en la Roma Imperial

Recordemos que cuando nace el cristianismo en tierras galileas, estas forman parte de Imperio Romano, aunque la religión predominante en aquella zona seguía siendo la hebrea. Y como ya vimos al hablar de los orígenes de Israel, el monoteísmo anuló a las mujeres como protagonistas en esta religión. Las mujeres de la época vivían en una sociedad patriarcal recluidas en el hogar y obligadas a cubrirse el rostro con un velo cuando salían de casa. Eternas menores de edad que pasaban de la potestad paterna a la marital al casarse.

En los textos sagrados del cristianismo se relata a un mesías que conversa con samaritanas o mostrándose piadoso con mujeres pecadoras o desvalidas. Las mujeres se acercan a él de manera espontánea y él las acoge sin mostrar ningún tipo de misoginia, formando parte de su núcleo de fieles más cercanos. En este contexto, Jesús debió de ser una bocanada de aire fresco para las mujeres judías. Además, según los Evangelios cristianos, fueron las mujeres las que estuvieron y testificaron los momentos claves de su vida, como su muerte y su resurrección. Ellas anunciaron a sus discípulos que Jesús había vuelto a la vida.

Muchas mujeres pasaron de un judaísmo patriarcal a seguir a un mesías que les dio un singular protagonismo en su vida. Aunque fue corto ese protagonismo ya que la Iglesia jerarquizada y misógina se encargó de hacer desaparecer pocos siglos más tarde.

En los primeros tiempos aparecen algunas tipologías de mujeres con una cierta importancia en la Iglesia primitiva. Las viudas (cherai) asumieron un papel espiritual y caritativo; la elección que tomaron de una vida de castidad después de finalizar su matrimonio sentó las bases de lo que sería el monacato femenino a partir del siglo IV.

Las diaconisas tuvieron un papel activo en la liturgia primitiva ayudando en la celebración de los ritos y sacramentos como bautizar y distribuir la comunión, dar testimonio cristiano ayudando a los pobres y asistir a los enfermos como recibir a los fieles en los templos.

En la Carta de san Pablo a los Romanos aparece citada la santa Febe de Cinto que había ejercido como diaconisa en la iglesia de Cencrea.  En el siglo III en la Didascalia de los Apóstoles, aparecen también como pieza importante para la predicación y el acercamiento a las mujeres de las otras comunidades. Durante el siglo IV las diaconisas son una referencia de una forma constante, sobre todo en Oriente. Luego entre los siglos XI y XII desaparecen definitivamente.

A mediados del siglo III, cuando se inició en el seno del cristianismo la corriente del “eremitismo”, las mujeres también se recluyeron en cuevas y vivieron una vida de renuncia ayuno y oración, fueron las Ammas o Madres espirituales. Viudas, diaconisas y Madres del desierto fueron el inicio de la larga e intensa vida monacal que a muchas mujeres les espera en la Edad Media.

El emperador Constantino promulgó en año 313 el Edicto de Milán, permitiendo la libertad de culto en el Imperio Romano. Él se había convertido al cristianismo meses antes, pero hacía más de tres siglos que los cristianos convivían con otros ciudadanos que rendían culto a otros dioses. 

Realmente no fue la libertad de culto lo que se promulgó, sino la toma de poder por parte de la religión cristiana. Será la oficial y única religión verdadera y por ello dominante y sometedora del imperio.  Confirmando con ello el poder destructivo de cualquier religión que sea impositiva e intolerante con las demás creencias. En ese tiempo se configuraron las estructuras sociales del cristianismo primitivo, sentando las bases del mundo medieval, que pronto llegaría.

Está documentado que en el siglo VI, en Occidente, en la iglesia franca había mujeres que concelebraban la eucaristía con sacerdotes. En los Concilios de Epaon en el año 517 y en el de Orleans en 533 se encargaron de eliminar cualquier actividad similar a las de las diaconisas.

Hasta que el cristianismo no fue considerado religión protegida por el emperador en el siglo IV, muchas mujeres fueron condenadas y sacrificadas por renegar de los dioses romanos, aceptando la fe de Cristo cuando esto se pagaba con la muerte. 

Cuando el cristianismo se instauro en el poder, posiblemente para justificar la perdida de todas esas mujeres y dando la apariencia de que les importaban, los jerarcas creadores de los martirologios las utilizaron, santificando a la gran mayoría, para reafirmar la grandeza de su causa y mostrar cómo había sido vilipendiado y deshonrado el nombre de Cristo.

Santa Helena, fue la primera mujer de la casa imperial romana que alcanzó la santidad en erigirse como modelo de Augusta cristiana. Madre del emperador Constantino fue su fiel aliada en el proyecto de la construcción de una nueva Roma.

Es en el año 476 cuando se considera que cae el Imperio Romano de Occidente debido a la invasión de los pueblos bárbaros capitaneados por Odoacro. La decadencia del imperio fue la consecuencia de un cúmulo de acontecimientos: ya estaba sentenciado a un lento y agónico final. La deficiente gestión de sus dirigentes, en relación a esos pueblos bárbaros a los que habían utilizado en sus campañas militares y luego habían abandonado a su suerte.

Eran visigodos, vivían en la miseria y querían formar parte de la economía romana, habían sido pasto de la insensibilidad y la codicia de los oficiales romanos, que los habían explotado implacablemente. Y en contra de lo acordado las autoridades les habían negado incluso la comida. Se habían visto obligados a vender a sus hijos como esclavos a cambio de carne de perro, esa carne que no comería ningún romano, servía para comprar mano de obra esclava.

¿Cómo no iban a rebelarse los visigodos? Sus antepasados habían vivido dentro de las fronteras de Imperio Romano. Su pueblo se había quedado fuera del imperio cuando Aureliano, el proclamado Salvador del Mundo, abandono la Dacia y los Campos Decumanos. La decisión pudo ser acertada para los intereses romanos; pero ahora lo único que quería ese pueblo era reintegrarse al imperio.

Valente los había dejado entrar, pero no de forma altruista, sino movido por el cálculo egoísta. Los quería para que cultivasen las yermas tierras de Tracia, para que realizasen trabajos que nadie quería hacer. Contaba con reclutar a los hombres mas rudos para reforzar su ejercito y los abandono a la codicia de sus oficiales. No los defendió de las acciones hostiles que emprendieron contra ellos muchos ciudadanos. Y el ejercito en vez de protegerlos aprovecho cualquier reyerta para cargar contra ellos. ¿Cómo no iban a rebelarse? Lo asombroso era que hubiesen tardado tanto en hacerlo.

Odoacro, el primer rey bárbaro de Italia. Nacido en Rávena (433-493) En la batallada , donde destruyeron a los ostrogodos en el 463 y donde su padre perdió la vida, Odoacro se convirtió en el líder del ejercito, formado entre otros por los Hérulos. 

El Imperio romano de Oriente persiste con la capital de Constantinopla (actual Estambul) al frente; conseguirá un tiempo esplendoroso para Bizancio hasta el siglo XII, cuando empieza una prolongada decadencia a través de las guerras otomanas-bizantinas, que concluirá con la dominación por parte de los turcos en el siglo XV.

Durante el milenio que dura el Imperio romano de Oriente fue un bastión que impidió el avance del islam hacia Europa Occidental. Además de ser uno de los principales centros comerciales del mundo, impuso una moneda estable que circulo por toda el área mediterránea. Influyo en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio. Gracias a él se conservaron y trasmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.

A lo largo de esos diez siglos poco nos ha llegado de las mujeres que nacieron en su seno. Exceptuando a alguna de las emperatrices bizantinas que aparecen en los relatos históricos, del resto de mujeres no ha transcendido demasiado.

La Iglesia bizantina igual que la Iglesia de Occidente consideraban a la mujer como origen del pecado, seres malignos a los que había que controlar. Solamente las diaconisas se ganaron un cierto respeto, pero a partir del siglo VI empezó a declinar. El papel como ayudante en el bautismo de las mujeres desapareció cuando se inició la costumbre de bautizar a los nuevos miembros al poco tiempo de nacer.

Alejadas de las actividades de la iglesia, también debían permanecer alejadas de sus oficiantes, porque las consideraban responsable de sus tentaciones y desviaciones. Las mujeres que asistían al templo para la eucaristía debían situarse alejadas del altar y de los hombres y se les exigía estricto silencio y recato.

Los conventos en Bizancio estaban llenos de mujeres que no habían escogido voluntariamente esa vida; desde las jóvenes de familias pobres que no tenían dote para contraer matrimonio, hasta reclusas que eran encerradas contra su voluntad, pues no se consideraba ético encerrar a una mujer en una prisión convencional. Por otro lado, las mujeres que sentían una llamada a la vida religiosa se veían obligadas a  convivir con otras que no tenían sus mismas inquietudes.

Las mujeres bizantinas fueron dibujadas con los patrones definidos por los primeros padres de la Iglesia cristiana. Se olvidaron del respeto que Jesús había tenido con ellas y prefirieron considerar que eran inferiores a los hombres. Los principales roles de la mujer bizantina fueron como en el pasado: casarse y tener hijos; pero sí se modificó la importancia legal y espiritual del matrimonio. La unión entre un hombre y una mujer era una negociación concertada por sus familias basadas en el interés económico y social. La dote que aportaba el padre de la novia era para ella y el marido no podía disponer de dichos bienes sin previo pacto, anterior al enlace. 

La víspera de la boda la novia tomaba un baño ritual después del cual se arreglaba y se vestía de blanco bordado en oro. El novio recogía a la novia con el rostro velado para trasladarse a la iglesia y de allí al hogar del marido. Antes de iniciar el banquete nupcial el esposo ya podía ver el rostro de su esposa.

Todas las fiestas y celebraciones que rodeaban los momentos previos y posteriores a la ceremonia religiosa, fueron siendo eliminados por orden de las autoridades eclesiásticas, que veían en tales celebraciones de júbilo demasiadas reminiscencias de un pasado pagano. Durante mucho tiempo la Iglesia intentó impedir que el matrimonio fuera consumado el mismo día en que habían recibido a Cristo, por lo que no podían unirse carnalmente los esposos hasta pasados unos días. Entonces se procedía a la comprobación de la virginidad de la esposa, mostrando un manto blanco manchado con su sangre. Costumbres ancestrales, que han llegado hasta nuestra época y que hemos podido comprobar que siguen manteniendo en la etnia gitana.

Las nuevas creencias religiosas impusieron a la mujer un temor irracional a la esterilidad, ya que la hacían responsable si no tenía descendencia, castigándola por haber cometido algún pecado. Cuando una mujer sabía que estaba embarazada, la alegría por haber conseguido su objetivo debía de entremezclarse con el temor a los peligros del parto.

En el hogar los modelos educativos no cambiaron. Hasta los seis o siete años los niños que habían permanecido con su madre partían hacia las escuelas, a las niñas, las preparaban para ser esposas. A partir de los doce años ya se consideraban aptas para el matrimonio.

Además de la educación de sus hijos las mujeres se hacían cargo del buen funcionamiento de su casa que, dependiendo del nivel económico de la familia, era más o menos laborioso. Hilar, tejer, coser, elaborar alimentos como el pan… eran las principales tareas de las mujeres. Las mujeres fueron relegadas a la reclusión en el hogar por una élite masculina que tenía de ellas un menosprecio (un menor precio) enfermizo.

Las mujeres de las clases bajas tuvieron que buscar formas de subsistencia como dedicarse a la venta ambulante, regentar sus propios negocios de peluquería o dirigiendo los baños públicos, que según los criterios de reputación social de la época consideraban poco honrosas. Algunas se dedicaron al mundo artístico como actrices, bailarinas, cantantes o intérpretes de algún instrumento. Un mundo cuyo límite era muy difuso con la prostitución, el nivel más bajo de la escala social.

Las prostitutas vivían en condiciones precarias, de mendicidad. La sociedad bizantina parece que aceptaba su existencia. Según consta en la documentación eclesiástica e imperial, aparecen mencionadas en las cuentas y ordenes de gastos del reparto de limosnas entre los más necesitados.

Mujeres de aquella época fueron Kassia una compositora y escritora del siglo IX. Nació en el seno de una familia de la corte imperial, pudo acceder a una cultura basada en el estudio de la Grecia clásica. Se convirtió en una prolífica creadora y poeta. Se le atribuyen cincuenta obras litúrgicas, algunas de la cuales aún se escuchan en la liturgia ortodoxa oriental. También escribió más de doscientas piezas literarias entre poemas, epigramas y sentencias morales. Kassia es la primera compositora bizantina cuya música ha llegado a nuestros días. Llevo a cabo su labor intelectual, como abadesa, en un convento que ella misma fundo en Xerolophos. También ha llegado hasta nosotras en nombre de otra abadesa, Paleologina, del último siglo del Imperio bizantino.

Ana Comnena considerada la primera historiadora conocida, nacida en el siglo XI, era la hija primogénita del emperador Alejo I y su esposa Irene Ducas. Recibió en palacio una extensa educación que la convirtió en una mujer sabia. Condenada al exilio tras intentar derrocar a su hermano, se dedicó a escribir la historia del reinado de su padre, la Alexiada. Se le reconoce también el mérito de haber estudiado medicina, astronomía, matemáticas y rudimentos de estrategia militar. Otra mujer de la casa real bizantina que estudió disciplinas científicas y las llego a aplicar fue Zoe, que organizó en sus aposentos un laboratorio de química en el que realizó experimentos y creó sus propios perfumes.

HYPATIA y el contexto político, social y religioso de la época

En la Alejandría del siglo IV, la gran ciudad del Imperio romano de Oriente, era donde la mujer gozaba de mayor libertad, tenía más derechos y podía ejercer su propio destino. Era la zona más culta, con mayores recursos económicos y de mayor densidad de población.

El cristianismo, cuando se consideró oficial, fue igual de intransigente violento y sanguinario con las mujeres paganas que lo habían sido los poderes anteriores, con las mujeres cristianas.  Estas mujeres paganas, que según los más radicales y fundamentalistas cristianos ofendían la ortodoxia oficializada, volvían a sucumbir. Las mujeres, las personas, que no estaban de acuerdo con el orden dominante, eran perseguidas y aniquiladas.

Por ello y como muestra de esta situación de intolerancia y enajenación, recordaremos a la científica y filósofa Hipatia de Alejandría.

Cuando nació Hipatia en el siglo IV, Alejandría era una provincia del Imperio romano y centro de la cultura y del saber. Hija de Teón un prestigioso y reconocido matemático y astrónomo, profesor y director del Museo alejandrino, le trasmitió todo su saber. Realizaron una conjunta y valiosa labor de análisis y edición comentada de obras científicas de sabios antiguos como Ptolomeo, Diofanto o Arquímedes.  Ella iba a suceder a su padre en el cargo de directora, pero el fanatismo de la Iglesia católica provocó la destrucción del Museo y de la Biblioteca, en el año 415.

Muy pronto superó en conocimientos a su padre y fue reconocida como una gran científica; se convirtió en la maestra de un selecto grupo de estudiosos y su casa fue el centro intelectual de la ciudad. Hicieron de Alejandría uno de los lugares de investigación más conocidos de la Antigüedad. Su fama, carisma y prestigio como intelectual había llegado a oídos del obispo Cirilo que, según cronistas e historiadores coincidían en asegurar, sentía una profunda envidia y animadversión hacia aquella mujer pagana. Y en ese mismo año, a través de sus fanáticos fieles cristianos, Hypatia fue violada, torturada y despedazada; arrebatándole la vida de forma brutal y sanguinaria.

Buscando respuestas

La religión o las creencias sean del tipo que sean ¿Seguirán justificando y aceptando los abusos y la muerte?

¿Es lícito anular a las/los que no coinciden con tu pensamiento?

¿Se siente más seguro quien hace desaparecer a aquellas/aquellos a los que no entiende?

¿El control del desconocido/desconocida, es utilizado para no tener miedo al que es diferente?

¿La intransigencia y el desprecio llevan al desconocimiento de los demás?

¿Sabe más aquel que no deja hablar al “otro” ?

¿Cuándo el “otro” no puede hablar, se siente más sabio el que no quiere escuchar?

¿Seguirá siendo la intolerancia y la dominación del “otro”, la tónica general en el devenir de los tiempos?

B I B L I O G R A F I A

ATLAS HISTÓRICO MUNDIAL

BREVE HISTORIA DE LA MUJER

BREVE HISTORIA DE LA VIDA COTIDIANA EN EL IMPERIO ROMANO

HISTORIA DE LA VIDA PRIVADA

HYPATIA

LA CRISIS DEL IMPERIO ROMANO

H. Kider y W. Hilgemann

Sandra Ferrer Valero 

Lucia Avial Chicharro 

Philippe Aries Georges Duby 

Pedro Gálvez Ruiz 

Roger Rémondon

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