LA MUJER EN GRECIA

05/02/2021
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Autoría : Asunción Blesa Castán

Los pueblos europeos de Occidente han estado influenciados social y culturalmente por civilizaciones del pasado. Así como fue Israel la que marcó con su religión basada en un único dios la historia de la Europa occidental, otros pueblos también influyeron significativamente en la sociedad europea posterior.

Grecia fue la base de la religiosidad romana y de sus estructuras sociales. Roma se cimentará en los dioses griegos y así, posteriormente, los pueblos europeos de Occidente irán conformando su mundo, fruto de la asimilación de distintas culturas anteriores. En este devenir de civilizaciones vemos como el estatus social de la mujer no variará demasiado.  Su papel como esposa y madre se afianza como el único que la mujer puede desarrollar. Las leyes variarán en algún matiz, pero seguirán recluidas en el gineceo, aisladas por sus muros y alejadas de los ojos de la sociedad.

Grecia, la que nos han presentado como la madre del sistema democrático, la gran cultura que marcará el pensamiento y los valores humanos posteriores, no fue con las mujeres una sociedad tan democrática ni tan igualitaria. Siguió siendo una sociedad misógina y además fue esta cultura, la que apuntaló esas ideas para las sociedades posteriores. Aun así, aparecen nombres de mujeres como protagonistas de su propia vida y que han llegado hasta nuestra época. Entre estas descubriremos poetisas y filósofas que iremos viendo a través del próximo relato; las que sentaron el precedente del largo y difícil camino que tendría que recorrer la mujer para conseguir su emancipación.

HESIODO Y HOMERO

La mitología griega a través de relatos sobre dioses y diosas, de seres sobrenaturales y hechos extraordinarios, marcó la historia de la antigua Grecia y siglos más tarde renació y fue asimilada por Roma. Hesíodo, un poeta del siglo VIII aC., escribió la historia mítica de Grecia en obras como su Teogonía en la que ordenó su genealogía divina. Homero, también en el siglo VIII aC., escribió la Ilíada y la Odisea considerados los cimientos de la literatura grecolatina. En ellas se relata la guerra de Troya, en la edad del Bronce, a partir de la tradición oral trasmitida (heredada).

En la Teogonía, Hesíodo escribe: “En primer lugar, existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, Cosmogonía sede siempre segura de todos los inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo”. Pero la descendencia de esta diosa fue nefasta para los dioses y Zeus, tuvo que poner orden, estableciendo un sistema patriarcal, entre los inmortales, quitando el poder a las mujeres. Sara Pomeroy catedrática emérita de Clásicas e Historia en el Hunter College y el Graduate Center, de la City University de Nueva York, se pregunta si sería la misoginia del autor la que habría modificado esta versión de la historia.

En la cosmogonía griega aparecen cinco diosas principales, que son presentadas como arquetipos de hembras, tal como las veían los hombres.

  • Atenea, niega su feminidad y ensalza su virginidad. El relato de su nacimiento es cuanto menos curioso: nace de la cabeza de Zeus, su padre, que se había tragado a su esposa embarazada. Quedando bien claro que Atenea nace de su padre y no de su madre. Es la justificación de que la sabiduría tenga en una mujer a su diosa.
  • Artemisa la presenta virtuosa, virginal. Heredera de una imagen primitiva de la madre tierra.
  • Hestia, hermana de Zeus y tercera diosa también virgen, se la considera protectora de la familia y del hogar.
  • Afrodita, diosa de la belleza, el amor y la fertilidad, que nace de los órganos sexuales de su padre Zeus.
  • Hera, reina de los dioses, esposa de Zeus, la que se encuentra en igualdad de condiciones que él. La que sufre las continuas infidelidades de su marido. La que dicen tiene un genio terrible y se dedica a vigilar y controlar a su esposo. La que se considera diosa protectora del matrimonio.

Hera la que es definida también como madrastra por negarse a amamantar a Heracles, cuando se da cuenta que es el hijo del dios Zeus, su esposo y una mortal. Es entonces cuando aparece el mito de la formación de la Vía Láctea, la galaxia del sistema solar adjudicado a la diosa Hera. El mito tiene dos versiones, en una de ellas, el dios Hermes, mensajero de los dioses lleva al niño cuando Hera dormía para que se amantara del pecho de la diosa y de su leche divina dándole la inmortalidad. Al despertar y descubrir a Heracles, la diosa lo retiro bruscamente y la leche siguió manando, esparciéndose por el universo y dando origen a la Vía Láctea.

En la otra versión Hera y Atenea paseando por el campo descubren a un hermoso bebe descansando en la hierba. Atenea convence a Hera para que lo amamante, sin saber quién era. El niño chupó la leche con tanta fuerza que hirió a la diosa y esta lo aparto vigorosamente, mientras la leche siguió fluyendo hasta formar la Vía Láctea.

Estas cinco diosas presentan una imagen poco esperanzadora de la mujer en Grecia. La mayoría vírgenes y algunas nacidas de un ser masculino. Son modelos que nos revelan la sumisión real y simbólica de las mujeres respecto de los hombres. Se completa la sumisión cuando analizamos la relación de los dioses y diosas con los seres mortales. Ellos tenían relaciones con mujeres mortales, de escasa importancia en el relato mítico. Las diosas solo podían ser “compañeras” de algunos hombres elegidos, sin llegar a tener contacto físico con ellos.

No dejemos de nombrar a Pandora, a quien se considera la primera mujer creada por Zeus y que Hesíodo en “Los trabajos y los días” nos relata el episodio de la joven abriendo su caja y esparciendo por el mundo todas las desgracias que deberá sufrir, a partir de entonces, la humanidad.

En el relato mítico de la guerra de Troya, en la “Ilíada” y en la “Odisea” de Homero nos encontramos con mujeres excepcionales por diferentes razones, que recrean la imagen y la situación real de la mujer en la Edad del Bronce.

Helena, que según la tradición fue la causante de la guerra entre Grecia y Troya: ella abandonó a su esposo Menelao, rey de Esparta, para unirse a Paris, un príncipe troyano. La guerra se alargó diez años intentando recuperar a la bella Helena, hija de Tíndaro rey de Esparta. Sepamos que el poder se trasmitía a través de las mujeres de forma matrilineal, a pesar de tener hermanos varones. Siendo Helena la que daba valor de rey por su matrimonio a su esposo Menelao.

Esto nos hace ver que la sociedad griega no era matriarcal ni defensora de las mujeres como personajes poderosos, sino que nos encontramos ante un mundo patriarcal dónde las mujeres son consideradas y utilizadas como propiedades. Podríamos seguir enumerando a mujeres que aparecen en estos textos, a las que el autor siempre considera causantes de desgracias.

Solo recordaremos a las amazonas, personajes que aparecen en la “líada”, formando una sociedad matriarcal en la que solo vivían mujeres, sin necesidad de hombres y que se habrían enfrentado con alguno de los héroes míticos, como Aquiles. Muy pocas similitudes se encuentran entre el plano mítico y el real de las mujeres de la antigua Grecia. No olvidemos que los autores de estas obras mencionadas fueron hombres con un marcado carácter misógino que no dudaron en plantear los hechos del pasado según sus propias creencias e ideologías. 

Es revelador que la causante de todos los males de la humanidad fuera una mujer (Pandora) o que el origen de la larga guerra de Troya fuera una mujer de la realeza (Helena). A las diosas las presentan destacando su virginidad o intentando emular a los dioses, como Hera, y no salen muy bien paradas. Una visión de la mujer que veremos también cuando analicemos las ideas que nos dejaron alguno de los más importantes filósofos de la Antigüedad clásica.

CRETA Y MICENAS

Homero, en la Odisea presenta la Creta minoica, como “una tierra en mitad de aguas vinosas, bien hermosa y fecunda, cercada de olas. Noventa son allí las ciudades con razas sin número y lenguas diversas en gran mezcolanza, en ella hay aqueos, 175 eteocretes de gran corazón y cidones y dorios que en tres gentes partidos están, y divinos pelasgos. Una de esas ciudades es Cnosos, la grande donde Minos reinó”

En la Creta histórica, las mujeres gozaban de cierta libertad de movimientos. Asistían a ceremonias culturales públicas, fiestas y juegos gimnásticos. También existía gran cantidad de sacerdotisas, y la proliferación de figurillas que representaban a una diosa-madre hizo pensar a algunos historiadores que Creta hubiera sido heredera de un matriarcado o “ginecocracia”, algo en lo que no se ponen de acuerdo.

Sigue sorprendiendo la gran cantidad de estatuillas femeninas en esta Edad del Bronce en la Creta minoica. Estatuas que parecen simbolizar a la diosa madre, adorada en los cultos minoicos.

La mujer en la edad del Bronce tenía la tarea de permanecer en el hogar, donde además de criar a sus hijos, hilar y tejer iba a buscar agua a las fuentes y molía el grano.

Hacia el siglo XV aC. el pueblo indoeuropeo de los aqueos o micenos, desembarcan en Creta bajo las órdenes de su rey Agamenón. Micenas asumió parte de la tradición cultural y social cretense. Vemos a las mujeres en la época micénica viviendo con la relativa libertad que hemos visto en Creta. La vida diaria aparece relatada en la “Ilíada” y la “Odisea”, donde Homero explica las costumbres relacionadas con el matrimonio en los ambientes cercanos a la realeza. El padre convocaba a los pretendientes de su hija entre los cuales elegiría al marido. La mujer debía engendrar hijos legítimos. Si no lo conseguía, el marido podía tomar una o varias concubinas.

La caída de Micenas, supuso el inicio del periodo conocido como Siglos Oscuros, que se extendió desde el siglo XI aC. hasta el IX aC.  Se empezó a salir de aquel tiempo oscuro en el siglo VII aC., iniciando el periodo arcaico, dónde aparece un nombre femenino, Safo que no perteneciendo a la mitología ni a la historia heroica ha perdurado hasta nuestros días.

LA EPOCA ARCAICA ENTRE LA MISOGINIA Y LOS VERSOS DE SAFO

Entre los años 750 aC. y 500 aC. Grecia vivió la época arcaica. En este periodo destaco la figura de una poetisa conocida como Safo de Lesbos.Vivió en un tiempo en el que la misoginia dominaba la sociedad griega.

Hesíodo decía con rotundidad que “el hombre que confía en una mujer, confía en un engaño”.  Semónides afirmaba que Dios había creado a la mujer “de entendimiento y juicio desprovista”

Como contrapunto, aparecieron en la Edad Arcaica mujeres que legaron a la historia de la literatura hermosos versos, demostrando que eran capaces de algo más que permanecer recluidas en el hogar. Nombres como Corina, Telesila o Praxila destacando Safo de Lesbos; su imagen ha sido menospreciada en muchas ocasiones, distorsionando la persona que fue la poetisa.

Desconocida la fecha de su nacimiento, entre el 650 y 630 aC. Y su lugar de origen se duda si pudo ser en Mitilene, Éfeso o Lesbos, donde paso la mayor parte de su vida.  Safo provenía de una familia aristocrática, estaba casada y tenía una hija a la que dedicó uno de sus versos.

Escribió en griego nueve libros de poemas líricos, llamados monodias, de los cuales solo ha sobrevivido uno de forma íntegra. Escribió también otros tipos de versos como epigramas y elegías.

Platón la consideró la décima musa. Safo cantó al amor no sólo hacia los hombres. Las mujeres también fueron protagonistas de sus versos, ambos sexos son tratados por igual. Lo más interesante es que fue una mujer que vivió de su obra, escribía textos por encargo como canciones para bodas y fundó la primera escuela para mujeres de la historia, la “casa de las servidoras de las musas”.

Las muchachas aprendían a honrar a Afrodita con cantos y danzas, preparándose para ser esposas en el culto a la belleza femenina. Se desconoce la fecha de su muerte, pero se deduce por sus propios versos que habría llegado a una cierta madurez, pudiendo ser entre los años 580 aC. y el 570 aC.

En la época arcaica también fue adorada Afrodita en los templos griegos como el de Corinto donde encontramos a las hieródulas, prostitutas sagradas. Las hetairas, conocidas también como heteras, eran mujeres cultas que ejercían de damas de compañía y podían ser prostitutas. Ambas seguirán apareciendo en la Grecia clásica.

De este periodo arcaico nos ha llegado el nombre de Rodopis, una muchacha que vivió alrededor del 600 aC. que fue vendida como esclava a un hombre que también era dueño de Esopo, el de las fábulas. Después de un largo recorrido por Egipto llegó a enamorar a un faraón. Parece ser que habría vivido en Naucratis ejerciendo la prostitución hasta el fin de sus días.

LA GRECIA CLASICA Y LA RECLUSION DE LAS MUJERES.

El auge de las polis griegas fue hacia el año 500 aC., época históricamente considerada como la Grecia Clásica. Muchas de estas ciudades estados evolucionaron y se desarrollaron a partir de la herencia de la época arcaica, como Atenas, Esparta, Gortina…

En Atenas, la situación legal de la mujer se rigió con el compendio regulador de Solón. Privada de todo estatuto jurídico y falta del derecho de ciudadanía la mujer en la Atenas clásica se encuentra supeditada a la tutela de un hombre, el kirios, ya sea su padre, hermano o algún miembro masculino de su propia familia, o su esposo en la edad adulta. Su principal deber era el de formar una familia, el oikos, con el esposo que su propia familia ha escogido para ella. El hombre la compraba al padre mediante una donación como si fuera una propiedad. Si el padre donaba una dote a la hija, el marido sería el encargado de administrarla. Igual que la mujer pasaba a ser una posesión del marido, ella no podía tener posesiones materiales ni tierras. El dinero o bienes que el padre de la novia entregaba en esta unión, era como un depósito que garantizara la futura herencia de los hijos que tuviera el matrimonio. Se puede considerar que la mujer era el “eslabón silencioso” el nexo entre su padre, su marido y sus hijos.

Las mujeres atenienses siempre eran consideradas como menores ya que dependían legalmente de algún hombre, algún varón de su familia o su esposo. Si se quedaba viuda, ella y sus bienes pasaban a sus hijos si eran mayores de edad. Si no lo fueran volvía a permanecer bajo la tutela de su padre, tío o hermano.     Las mujeres vivían recluidas en el gineceo; en la zona más oculta de la casa, alejada de la mirada pública sus habitaciones eran el escenario de su vida privada.  Allí cosían, hilaban, cocinaban, se hacían cargo de los esclavos si pertenecían a las clases altas y allí parían y cuidaban a su prole, hasta que, a los siete años, los niños eran separados de las niñas. La mujer se consideraba también como elemento pasivo en la procreación de los hijos. No se conocía la existencia del óvulo femenino, por lo que el útero se entendía como un simple receptáculo del semen masculino. Se veía el cuerpo femenino como la tierra en la que se sembraba una semilla y daba sus frutos. Lo que si conocían las mujeres era el peligro que entrañaba el parto debido a la alta mortalidad femenina. Ilustra el comentario Eurípides en su obra de Medea: “¡Necios! Preferiría tres veces estar a pie firme con un escudo, que dar a luz una sola vez”. Las invocaciones a las diosas protectoras como Elitía, Leto o Hera se oían mientras la comadrona y las mujeres de la familia ayudaban a la futura madre a salir victoriosas del trance.

Las comadronas fueron mujeres respetadas en la sociedad griega; aparecen protagonizando algunos diálogos de los grandes filósofos. Sócrates en la obra de Platón “El Teeteto” las califica de mujeres dignas. Fenerates o Fanáreta, la madre del filósofo Sócrates (470-399 aC.), fue comadrona y en ella se inspiró para definir su propio método filosófico: la mayéutica. Este método tiene su origen en la palabra griega maieutiké que puede significar algo así como “arte de procrear”. Es probable que el filósofo griego tomara esta analogía de su propia madre, Feneretes, cuyo nombre significa “dar a luz a la virtud”.

Hipócrates (460-380 Ac.)  el padre de la medicina moderna, contemporáneo de Sócrates, no admitía mujeres en su escuela primaria de medicina en su isla natal de Cos, al parecer solo les permitía estudiar temas obstétricos y ginecológicos en otras de sus instalaciones de enseñanza. Sin embargo, los atenienses poderosos no veían con buenos ojos que las matronas acumularan tan impresionante gama de conocimientos y talentos en un campo relacionado con la reproducción de sus herederos. Decidieron prohibir que las mujeres practicaran la partería y la medicina bajo pena de muerte. Fue un duro golpe, no solo para las comadronas que se quedaron sin medios de subsistencia, sino también para las mujeres cuyos partos, sin la guía de una partera, a menudo terminaban en desastre.

La sociedad de la Grecia antigua valoraba la modestia femenina y eso hizo que la transmisión de las matronas a los médicos varones no fuera fácil. A pesar de los avances de la medicina introducidos por Hipócrates y de la voluntad de los hombres recién entrenados para hacerse cargo del cuidado de las mujeres, estas se negaron rotundamente a permitir que los médicos las examinaran o ayudaran en el momento de dar a luz. Desde el punto de vista de los doctores, las mujeres eran criaturas obstinadas, sin interés en su propio tratamiento o salud y responsables por el número cada vez mayor de muertes relacionadas con el parto. Agnódice (siglo IV aC.) era una mujer que había querido estudiar medicina y practicar partería desde pequeña. Cuando se lo impidieron por ser mujer, se cortó el cabello, se puso ropa de hombre y se fue de Atenas a Alejandría a estudiar con uno de los seguidores de Hipócrates. Fue el primer anatomista de la historia Herófilo de Calcedonia (335-280 aC.) cofundador de la escuela de Alejandría, quien le impartió su conocimiento medico sin saber que era mujer.

Al regresar a Atenas ya graduada, Agnódice trato de atender a un parto particularmente difícil. La paciente se negaba a dejarse ver por los médicos a pesar de su agonía. Desesperada por ayudar, Agnódice se levantó su túnica para revelar sus pechos; al verlo, la mujer aliviada, le permitió ayudarla. El secreto de Agnódice se difundió rápidamente entre las mujeres y su práctica creció tanto que los otros médicos se molestaron. Hicieron correr el rumor que seducía y corrompía a las esposas de otros hombres, levantando falsos testimonios para acusarla de violación sexual con penetración a dos pacientes. Fue llevada a juicio. El veredicto del Consejo del Areópago fue “culpable”. No le quedó más remedio que mostrarles que era mujer. Sabía que la revelación sería considerada un delito peor. Así fue: les había dado la razón perfecta para ejecutarla. Un obstáculo lo impidió: una multitud de furiosas mujeres atenienses acaudaladas, a quienes Agnódice había ayudado, entre ellas esposas de médicos y políticos que la habían acusado, exigieron su liberación. Les recriminaron a los jueces que condenaran a aquella mujer que las había sanado. Afirmaron que, sin ella, muchas ya estarían muertas o morirían en el futuro. Si ejecutaban a Agnódice, declararon, “todas moriremos con ella”. De la rebelión resulto no solo la liberación de Agnódice sino también la anulación de la ley que prohibía a las mujeres practicar la medicina; siempre y cuando solo trataran a pacientes del mismo género. Tras el parto la mujer se considerada impura. Esta debía participar, con las mujeres que la habían asistido, en distintos ritos de purificación. Cinco días después se celebraban las Anfidromias, donde se presentaba el niño a los parientes y se le asignaba un nombre.

Las mujeres estaban excluidas de cualquier actividad que supusiera salir de casa de forma asidua. Hechos tan cotidianos como hacer la compra eran exclusivos de los hombres, evitando que su esposa e hijas se expusieran a la mirada pública en el mercadeo de la ciudad. Si se trataba de un hogar con más recursos económicos los esclavos se encargaban de realizar dichas tareas. Las fiestas familiares como matrimonios o nacimientos, así como los funerales y las celebraciones religiosas, daban a la mujer un cierto respiro. Las más multitudinarias eran las Panateneas, fiestas donde participaban hombres y mujeres conmemorando el nacimiento de la diosa Atenea. En esa celebración las jóvenes vírgenes, kanephoroi, se encargaban de portar los cestos sagrados.

La diosa Deméter era celebrada en las fiestas conocidas como las Tesmoforias, donde las mujeres tenían una participación activa en los ritos para propiciar la fertilidad de los campos, ésta era la diosa de la agricultura. Deméter también protagonizaba la fiesta anual conocida como dadou-chousa e hierofántides. En Atenas la figura de la sacerdotisa Atene Polias era respetada. No estaba ligada a un estado de virginidad aunque si de pureza y de reputación respetable dentro de la comunidad. Las sacerdotisas eran escogidas por los ciudadanos y eran las únicas mujeres que eran consideradas como ciudadanas; la que ejercía como profetisa era la que tenía mayor rango y más prestigio.

Recordemos que las mujeres casadas eran solamente hijas, esposas o madres de ciudadano. Junto a estas mujeres recluidas en el gineceo y las sacerdotisas se encuentran en la Grecia clásica otra tipología femenina: las heteras. La más famosa en la Atenas del siglo V aC. fue Aspasia, quien paso a la historia no solo como compañera de Pericles, sino por su capacidad intelectual y sus dotes como estratega. Esta mujer, Aspasia, ejerció como maestra de retórica, fue consejera de su amante Pericles y compartió diálogos filosóficos con pensadores como Anaxágoras o Sócrates, quien en su obra Menéxeno no escatimó elogios hacia ella. Esta mujer representa a un grupo de mujeres que vivió libre en la polis accediendo a una sabiduría a la que las mujeres casadas no tenían acceso. Dueñas de sus propios bienes, las heteras gozaban de una libertad que otras mujeres no tenían y accedieron a un conocimiento vetado a las esposas y madres.

FILOSOFIA Y MUJERES

Cuando mencionamos a la Atenas Clásica la relacionamos con sus hombres eruditos que pasaron a la historia del pensamiento como grandes filósofos. Aristóteles, Platón, Sócrates y muchos otros que convirtieron la ciudad ateniense en el núcleo y origen del pensamiento clásico.

Muchos de estos pensadores considerados escritores de grandes obras, tuvieron y divulgaron una imagen poco halagadora de las mujeres. Aristóteles, cuyas teorías poco acertadas para el sexo femenino fueron asimiladas como verdades indiscutibles durante siglos, aseguraba que “la mujer era un ser incompleto”. Muchos de sus discípulos defendieron sus mismas teorías misóginas. Teofrasto, alertaba del peligro que podría suponer que una mujer recibiera más educación que la necesaria para permanecer en el gineceo. Los grandes hombres, hablaron mal de las mujeres haciendo de sus teorías saberes autorizados basados en ideas falsas respecto a lo femenino. En aquel panorama desalentador, aparecieron dos corrientes de pensamiento que les dio un poco de esperanza: los epicúreos y los cínicos. Defendieron una cierta emancipación femenina, pero tuvieron pocos seguidores. Epicuro aceptaba en su escuela de filósofos a mujeres que podían estudiar en igualdad de condiciones que los hombres.

De la escuela de los cínicos, nos ha llegado el nombre de Hisparquia, considerada una de las primeras filósofas de la historia que, junto a su esposo el cínico Crates de Tebas, participaba en reuniones de eruditos en igualdad de condiciones. Los pitagóricos también aceptaron a las mujeres en sus escuelas de pensamiento. Su fundador Pitágoras se casó con una célebre filósofa, Teano, nacida en la colonia griega de Crotona en el sur de Italia. A esta se le atribuye la definición del teorema matemático de la proporción áurea y haber escrito varios tratados filosóficos. A la muerte de Pitágoras, con el que llego a tener cinco hijos, se hizo cargo de la escuela en la que continúo formando a hombres y mujeres por igual.

De sus alumnas nos ha llegado el nombre de la filósofa de Esparta Fintis, hacia el 400 aC. autora de un tratado sobre el comportamiento moral de la mujer. Y los de las filósofas Mia y Perictiones, Melisa de Samos y Aaesara de Lucania entre los siglos IV o III aC.

Otra mujer a la que hacer mención es Aspasia de Mileto, maestra de retórica logógrafa y promotora del pensamiento y la cultura en la Grecia de Pericles, también aparece en los escritos de Platón, Jenofonte y otros autores de la época. Algunos especialistas señalan que Platón, impresionado por su inteligencia e ingenio, baso el personaje de Diotima de Mantinea de “El banquete” en Aspasia. Sócrates atribuye a Diotima sus lecciones sobre el Eros.

Otro nombre de mujer es Aglaonice, conocedora de astronomía y argumentadora de la doctrina filosófica de Anaxágoras. También aparece en el Liceo de Aristóteles en nombre de Pánfila, discípula de Teofrasto.

Clea una sacerdotisa de Delfos, se la vincula a la escuela del platonismo medio, aquella que absorbió las doctrinas de la escuela de los peripatéticos y de los estoicos. Otra sacerdotisa del templo de Delfos, del siglo VI a C. es Temistoclea de Delfos.

Igualmente hubo mujeres filósofas en las escuelas epicúrea y estoica, destacando: Temisa de Lámpsaco y Leontion en la epicúrea; y en el estoicismo las cinco hijas del filósofo Diodor Cronos: Menexena, Argea, Teognis, Artemisia y Pantaclea.  

De la escuela cirenaica, encontramos la filósofa Areta de Cirene en el siglo IV a C. Y a Sosipàtra de Éfeso también del siglo IV a C. filósofa neoplatónica y mística. Y también detallaremos a Eumetis, sobrenombre de Cleobulina del silgo IV a C. hija de Cleobulo de Lindos, uno de los siete sabios de Grecia.

No podemos dejar de mencionar del periodo helenístico a Hipatia de Alejandría, la mujer científica y filósofa más importante de la antigüedad. Estudio las obras de Platón y Aristóteles, pero se dedicó sobre todo a la astronomía y las matemáticas.

ESPARTA GORTINA Y EL VALOR DE LAS MUJERES

La polis griega de Esparta, situada en la península del Peloponeso, nació como entidad política formada hacia el siglo X aC. destacando por ser una importante potencia militar a lo largo de su historia.

En la sociedad espartana la crianza y formación de sus soldados era la piedra angular de su funcionamiento. En esta organización militar de la polis griega, las mujeres tuvieron un papel sustancialmente diferente del que hemos descrito para las ciudades atenienses.

Las leyes de Licurgo, que conformaron el corpus legal de Esparta, especificaban “que las tumbas de sus ciudadanos no podían identificarse con el nombre del difunto excepto en el caso de los soldados caídos en la guerra y las mujeres que morían al dar a luz.”  Esto nos da una idea de la importancia de las mujeres en la sociedad espartana, en la que su principal función era la de engendrar a los futuros soldados.

Para que las espartanas fueran madres sanas, al menos las ciudadanas de posiciones elevadas, eran liberadas de sus tareas hogareñas para poderse dedicar a cuidar su cuerpo y velar por el perfecto desarrollo de sus hijos. Las mujeres de Esparta estaban bien alimentadas y destacaron por ser grandes deportistas. Hasta tal punto llegaba la necesidad de soldados que los hombres permitían que sus esposas mantuvieran relaciones con los ilotas, campesinos sometidos a servidumbre, cuando ellos permanecían largas temporadas guerreando lejos de casa. Incluso si era necesario aceptaban compartir a sus esposas con otros hombres que necesitaran de un hijo varón. 

Desconocemos la aceptación o el conformismo de las mujeres en esas situaciones, pero parece estar claro que tenían asumida su función reproductora y eran las que aportaban el mayor esfuerzo y peligro al traer hijos al mundo, para después morir en la guerra. En aquellas largas ausencias las mujeres eran dueñas y señoras de sus casas en las que tenían un amplio poder de gestión y administración, llegando a poseer bienes y tierras.

En la ciudad cretense de Gortina, volcada también en el arte de la guerra, se vivía una situación similar. Las mujeres largamente alejadas de sus maridos, tenían una libertad de movimiento de la que no disfrutaban en otras polis. Poseían sus propios bienes que recibían en forma de dote o herencia paterna, de los que el marido no podía disfrutar. Junto a sus hermanos recibían la parte patrimonial de la casa de su padre en igualdad de condiciones. La esposa una vez en la casa de su marido, permanecía libre de la subordinación y dependencia, los bienes de ambos permanecían separados.

LAS MUJERES EN LA EPOCA HELENISTICA

Cuando el rey de Macedonia Filipo II llevó a sus huestes a expandirse por toda Grecia, las ciudades-estados entraron en decadencia y perdieron su independencia. Su hijo Alejandro Magno continuó la política de su padre extendiendo la influencia de la dinastía macedónica y culminó en lo que se conoce como el periodo helenístico: del 323 aC. hasta el establecimiento de Roma en Egipto, hacia el año 30. En aquella etapa de trescientos años, la división del territorio dio como resultado la creación de distintas entidades monárquicas: los antigónidas en Grecia, los ptolomeos en Egipto y los seléucidas en Así Menor.

En aquel nuevo escenario, algunas mujeres de la realeza macedonia tuvieron un especial protagonismo como ejecutora del poder en la sombra que llegaron incluso a hacer uso del asesinato para conseguir sus objetivos. Por otro lado, nada excepcional en el relato del poder y el trascurso de la historia. Fue el caso de Olimpia, esposa del rey Filipo II, quien no dudó en eliminar a las otras esposas del rey para asegurar la ascendencia al trono de su hijo Alejandro. Convirtida en reina madre y en ausencia del gran conquistador, tomo las riendas del poder rivalizando con Antípatro, a quien Alejandro había dejado a la cabeza del gobierno.

Por otro lado, muchas de las princesas reales fueron utilizadas por las dinastías macedonias para cerrar pactos estratégicos con reinos vecinos. Ninguna de ellas ejerció el poder por derecho propio, sino que lo hizo mediante matrimonio o por filiación materna.

De la misma forma que las soberanas tuvieron un papel activo en la política, las mujeres de la aristocracia disfrutaron de ciertas prerrogativas legales y de cierta actividad pública.

La base social continuaba siendo el matrimonio, pero se empieza a entender como la unión de un hombre y una mujer. Ya no era la negociación de su tutor y su futuro esposo, sino de una decisión de los cónyuges. De la misma manera, el divorcio era una decisión que podían tomar ambos en igualdad de condiciones.

La mujer helenística tuvo más libertad de movimiento para poder realizar actividades económicas, testar o participar en actividades relacionadas con la justicia. Llegaron a recibir una educación primaria que hasta entonces estaba reservada a los varones. Las escuelas, palestras y gimnasios fueron poco a poco lugares de formación de las mujeres.

En la Alejandría helenística del primer siglo de nuestra era encontramos a María la Judía, conocida también como Miriam la Profetisa. Considerada la primera mujer alquimista documentada en la historia; se le debe, como destaca Margaret Alic, el reconocimiento por haber sentado las bases teóricas y prácticas de la alquimia occidental. María escribió varios tratados científicos de los que sólo se han conservado algunos fragmentos e inventó varios artilugios para mejorar sus experimentos químicos. Sin olvidarnos de la famosa técnica de calentamiento de materiales y sustancias conocido como el “Baño María.

LA MUJER Y LAS CLASES SOCIALES GRIEGAS

Cuando se hace referencia a las clases sociales en la antigua Grecia, solo se mencionan a los hombres. Ellas son invisibles, no son nada, propiedades de padres, esposos y hasta de hijos o de otros parientes.

Si observamos las clases sociales encontraremos en primer lugar a los hombres libres y de estos a los ciudadanos. La condición de ciudadano se conseguía por el nacimiento. Gozaban de plenos derechos civiles y eran los únicos terratenientes pues poseían las tierras y podían dedicarse a los asuntos de la polis, un verdadero trabajo vocacional para esta clase social que tenían responsabilidades en el Estado.

Militares: integraban el ejército y participan en las guerras. Políticas: formaban las magistraturas, votando cargos o siendo elegidos para ellas. Judiciales: ejercían como miembros en los tribunales de justicia. Sociales: contribuían con impuestos especiales al desarrollo de ciertas ceremonias o fiestas de carácter público.

También, dentro de la clase social de hombres libres, están los no ciudadanos, divididos en:

Los Metecos, extranjeros que residían en la polis. Siendo ciudadanos libres no gozaban del derecho a la ciudadanía. Podían participar en ceremonias de todo tipo, tanto civiles como religiosas. Eran en su mayoría mercaderes, banqueros y comerciantes marítimos emigrantes, que ocupaban profesiones importantes y contribuían a las arcas de la polis, pagando impuestos. Sin embargo, no tenían derecho a poseer tierras en propiedad salvo casos excepcionales.

Los Clerucos eran los miembros de una expedición que enviaban a las colonias cuando estas se sublevaban. A estos expedicionarios se les asignaba un lote de tierra y poseían un estatus social medio.

Y por último veremos en las clases sociales no libres: los hombres y mujeres en esclavitud, el estamento más bajo de la sociedad griega. No eran consideradas personas, pertenecían a otros individuos: no eran libres. Como personas no tenían derechos sobre ellas mismas ya que sus cuerpos pertenecían a sus dueños, por lo que estaban obligados a trabajar para ellos.

Esta esclavitud se origina en las guerras, ya sea como botín o prisioneros de guerra. También los descendientes de los vencidos en batalla, se consideran esclavos. Podía convertirse en esclavo un niño no deseado, o por no haber pagado las deudas contraídas. Los esclavos podían realizar cualquier oficio, limpieza, comercio, cocineros minería… Había esclavos públicos y privados.

Los primeros eran propiedad del Estado, para el que desempeñaban diversas funciones, como era formar parte de las tropas, del ejército. Los segundos, los privados, pertenecían a las familias y vivían bajo el mismo techo; se podían ocupar de las tareas del hogar y los trabajos en el campo y la ganadería. Sin embargo, los propietarios no tenían derechos de vida o muerte sobre sus esclavos.

Suponemos que, en este último estrato social, el más bajo, es donde los misóginos pensadores masculinos consideraban que era el sitio que les correspondía a las mujeres. 

La información que hace referencia a las mujeres en Grecia, mayoritariamente sigue estando centrada en la aristocracia y en las clases altas. Esposas de ricos propietarios, de políticos, jueces o médicos, son a las que la historia hace mención, aunque ni ellas mismas estaban consideradas como ciudadanas. La cuna de la democracia desprecio a la mitad de su población, las mujeres.

Hemos conocido sacerdotisas, heteras, filósofas, poetisas, oradoras, científicas, astrónomas, matemáticas, estrategas, maestras de retórica, logógrafas, escritoras, prostitutas, artistas, mimas y músicas, vendedoras, cocineras, esclavas, hilanderas, masajistas, médicas, comerciantes, lavanderas, peluqueras, y hasta prestamistas. Mujeres que, a través de sus vidas, van aprendiendo a esquivar inteligentemente la opresión masculina.

Como hemos podido observar también la sociedad griega trata de normalizar la subordinación impuesta por el hombre a la mujer. De forma excepcional, hay mujeres que puede conseguir superar esta subordinación y ser protagonistas.

BIBLIOGRAFIA

  • ATLAS HISTÓRICO MUNDIAL                  Herman Kinder    Wemer Hilgemann
  • De los orígenes a la Revolución francesa
  • BREVE HISTORIA DE LA MUJER                                                   Sandra Ferrer Valero
  • DIOSAS, RAMERAS, ESPOSAS Y ESCLAVAS:                          Sarah B. Pomeroy
  • Mujeres en la antigüedad clásica
  • HYPATIA                                                                                         Pedro Gálvez Ruiz
  • LA FEMME DANS LA GRÈCE ANTIQUE                                         Claude Mossé
  • LAS FILÓSOFAS:                                            Mónica Bruzzese, Giulio De Martino
  • Las Mujeres Protagonistas en la historia del Pensamiento
  • MUJERES FILÓSOFAS EN LA HISTORIA                              Ingeborg Gleichhauf

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