La construcción del Convento del Desierto de Calanda

02/04/2019
7 min lectura

Autoría: Lorenzo Gasca Castán

El 2 de abril de 1697,  Victorian Lázaro Gómez, notario de Calanda, salió a lomo de caballo por el portal de Valencia en dirección al Mas de la Matas.  Tras cruzar el Guadalope  por el “Paso Fernando”, Gómez  se adentró en el llano del Carmen y tomó la senda en dirección del Convento del Carmen .

A su llegada al convento, el Notario  fue atendido por uno de los frailes que le acompañó hasta las dependencias de Pedro de la Cruz,  Prior de la comunidad.  Los carmelitas habían convocado al notario de Calanda para   legalizar un acuerdo comercial con  Pedro  de Cabarán,  vecino de Alcorisa.

Fray Pedro de la Cruz, ordenó a Juan de Santa Teresa  llamar a son de campana al capítulo.  Una vez congregados en el ante-iglesia del Convento, el Prior, en presencia de fray Juan de la Concepción, Ignacio del Espíritu Santo, Pedro de la Santísima Trinidad, Juan de la Cruz, Domingo de la madre de Dios, y  Juan de San Elías,  Fray Pedro entregó al Notario una cédula de capitulación acerca de unas  obra de ampliación del convento.

Los carmelitas tenían proyectado levantar junto al Convento un nuevo edificio  que integraría  el “cuarto de medio día”, el “oficio humilde “ y  “la cisterna del claustro “, y para ello  habían contratado a Pedro  de Cabarán cantero alcorisano :. 

Fray Pedro de la Cruz en nombre del Reverendo fray Juan de la Concepción,  Padre general de la Orden de los Carmelitas descalzos,  dejó  constancia  en la capitulación  de veinte y seis cláusulas en las cuales se trataban hasta el más mínimo detalle  relativo a la fábrica del edificio. 

En el contrato  se exigía a Cabarán que respetase el diseño marcado con estacas por el tracista  que el General de los carmelitas había despachado a Calanda; levantase a plomo paredes de mampostería usando cal y piedra de calidad  y conservarse en ventanas y puertas  el estilo arquitectónico del Convento. La nueva obra se  asentaría sobre  la peña firme y para ello se le instaba a sacar toda la tierra hasta encontrar la roca y  picar en ella  escalones de tal manera que el edificio  se  asentase con mayor firmeza.  Las aguas de la fuente natural que brotaba en las inmediaciones del Convento deberían canalizarse hasta la nueva cisterna, permitiendo de tal manera abastecer tanto  los pisos superiores como el oficio humilde.

La obra contemplaba  la apertura de una escalerilla secreta que llevaría desde “las espaldas del refectorio hasta subir a la planta de las primeras  celdas” . El claustro se levantaría a 30 pies castellano sobre el suelo ocupando la parte superior del edificio.

Los carmelitas describían con precisión el proyecto cualquier detalle relativo al obra, hasta  la forma y el tamaño de los ladrillos utilizados en las vueltas de los arcos que sustentaban el edificio : “de rosca de medio ladillo esto es el tercio alto y los dos tercios bajos”.

Para levantar tan imponente  edificio,  Cabarán dispondría de un plazo de seis años, dándose por finalizada el 20 de abril de 1703, con “sus muros lucidos,  sus cuartos y pasillos interiores blanqueados a la  cal  y embellecidos por un rodapiés de color negro “.

Las obras llevadas a cabo por Carabán quedarían sujetas a un severísimo control tanto por parte del Prior y del Capítulo. Los carmelitas prohibían al constructor trabajar en periodos de frió extremo o de calor intenso so pena de pagar una penalización .

Los frailes convinieron entregar al constructor puertas, ventanas, maderos y clavos, dejando que Cabarán se encargase de la contratación de peones y oficiales y como del abastecimiento de los materiales  propios a la albañilería. Los monjes eran conscientes de que  la venida de decenas de obreros  implicaría a corto plazo un serio problema de logística para el convento : ¿Dónde alojar los peones? ¿Cómo asegurar su manutención?  Se autorizó a Cabarán  construir un aposento para su familia, y se le entregó  un huerto y unas pocas tierras de labranza. Los demás trabajadores, no podrían alojarles en el Convento,  ocuparían  un “cuarto” en las afueras del recinto, permitiéndoles criar unos pocos animales domésticos, usar el “molino del Alger” para moler  el trigo  destinado al “horno de pan cozer”. El Convento por su parte se  comprometió  a facilitar a la peonada productos de primera necesidad : el trigo,  las legumbres, o el aceite, a pagar q  “a precios de los establecidos en Calanda”.

La obra  proyectada fue valorada en 3000 escudos de moneda valenciana   La formas de pago acordadas fueron las siguientes : el maestro cantero recibiría un adelanto de 100 escudos, durante seis años se le entregaría 60 escudos en monedas, pagaderos en dos plazos y ,además, trigo, aceite, judías y vino, por valor de 100 escudos.  Tras finalizar la obra  el Convento se comprometía a entregar a Cabarán 100 escudos anuales, pagaderos en monedas o en frutos, hasta alcanzar la suma total concertada. Según esas cuentas, Pedro Cabarán  tendría que esperar veinte y tres años para ver finiquitada la deuda contraída por el Convento.

La ampliación del convento del Desierto  dio trabajo a picapedreros, yeseros,  carpinteros, “espartañeros” , herreros y arrieros, y benefició directamente a la economía calandina.

Desgraciadamente  el periodo de bonanza poco duró.  Tras la muerte de Carlos II , el 1 de noviembre de 1700, España se vería inmersa en un conflicto dinástico de dimensión europea : la guerra de Sucesión.  El 28 y 29 de enero de 1705, 200  felipistas, liderados por Luis de Ram, asaltaron  el Convento sede de  los  seguidores  del Archiduque Carlos,   incendiaron los edificios  destruyendo las obras levantada por  Cabarán y de sus predecesores

A pesar de ello, el Convento del Carmen volvería a renacer de las cenizas y  alcanzaría cierto renombre durante el siglo XVIII. Saqueado de nuevo  durante la guerra de la independencia y la Primera guerra Carlista, el convento  fue incautado durante la desamortización de Mendizabal y  sacado posteriormente a subasta pública . El 4 de noviembre de 1843, el Diario de Avisos de Madrid informaba en una de sus columnas que el Gobierno  ponía a la venta un edificio llamado “El Desierto de Calanda” valorándole en 1.997.138 reales. El Desierto pasaría a manos privadas, su edificio quedaría  abandonado iniciándose un  largo periodo de decadencia y destrucción.


© 2019 Grupo de Estudios Calandinos.
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