Don Manuel Mindán Manero, filósofo y profesor.

12/01/2021
8 min lectura

Joaquín Mindán Navarro, catedrático de Lengua y Literatura españolas y patrono de la Fundación Mindán Manero

El artículo ha sido dividido en cuatro entregas y se corresponde a versión ampliada del artículo que se publicó en la Revista de Andorra.

EL FILÓSOFO

En varias ocasiones, a lo largo de su obra, alude Mindán a Santo Tomás como el filósofo con el que se identifica por su “rigor sistemático, su seguridad, su claridad; y vi que el tomismo era un magnífico punto de partida para filosofar”[1]. Pero no se trata de un tomismo medieval, inamovible, estático, sino actualizado, dinámico y abierto:

“Pero descubrí también que era un sistema con gran capacidad de evolución interna y sobre todo con gran capacidad de asimilación externa de otras orientaciones de pensamiento. Vi que santo Tomás fue un innovador y casi un revolucionario […] Pensé entonces que si Santo Tomás hubiera vivido en nuestros días, habría filosofado teniendo en cuenta todo lo dicho por los filósofos posteriores que fuese asimilable desde su punto de vista, y, sobre todo, habría contado con los descubrimientos de la ciencia moderna […]. Si hubiera escrito en nuestros días […] hubiera partido de la experiencia científica. En consecuencia, creía yo que importaba más ser tomista en el espíritu que serlo sólo en la letra. Por eso, aun conservando siempre ciertas tesis fundamentales, me he resistido a quedarme encerrado en un tomismo estricto, riguroso y medieval y me he abierto a otras corrientes que me han parecido vivificadoras”[2].

Como afirma José Luis Abellán, la posición filosófica de Mindán

“… quedó rigurosamente presentada en el libro Conocimiento, verdad y libertad, escrito a los 94 años, por lo que podemos considerarlo sumario y resumen de su pensamiento. Para Mindán, el hombre es el único animal capaz de conocer y eso no sólo le eleva por encima del resto de la escala zoológica, sino que le da gloria y preeminencia sobre todos los seres.

Ahora bien, ese conocimiento es valioso cuando se dirige a la verdad y la logra. El conocimiento verdaderamente bueno es el que alcanza ésta, haciendo al hombre libre. Y así, la libertad, que es el segundo gran tesoro del hombre, se realiza plenamente en la búsqueda y hallazgo de la verdad. Por ello, conocimiento, verdad y libertad convergen en un mismo anhelo, haciendo del hombre el ser humano a que debe aspirar y ser.”[3]

Verdad y libertad son, pues, palabras clave en su pensamiento. Y, junto a ellas, justicia y amor. Y las cuatro constituyen los criterios y valores que han presidido su vida personal y profesional. De ahí que en su emblema figuren las iniciales de estas cuatro palabras: V, A, J y L.

EL PROFESOR. Sus ideales y sus principios pedagógicos.

En su Historia del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, nos habla de los principios e ideales pedagógicos que regían en el mismo, con los que se identifica plenamente:

“Nuestra finalidad era desarrollar las facultades intelectuales y proveer de los conocimientos necesarios para la carrera que eligiesen, fuese la que fuese. […] Considerábamos que nuestro deber no era preparar técnicos, sino al hombre integral en sus capacidades fundamentales […] procurando sacar hombres sanos y fuertes…, personas de buen gusto…, individuos buenos y honrados por la educación moral. […] También formaba parte de nuestro ideal educativo la formación religiosa, sin beaterías, sin odios religiosos, sin banderas ni proselitismos. […] Nuestro empeño era conseguir hombres cabales y perfectos en lo posible, sanos y fuertes en el cuerpo, con la inteligencia armónicamente desarrollada, con el gusto estético orientado y perfeccionado, y que supieran hacer recto uso de su libertad”[4].

La enseñanza es, para él “un arte más que una ciencia; precisamente el arte de comunicar y transmitir la ciencia”. La relación entre el alumno y el profesor supone por parte de aquél,  “docilidad, disciplina y estudio (entendida esta palabra como deseo, esfuerzo y trabajo por saber)”; y, por parte de éste, “doctrina o conocimientos suficientes y verdadera vocación de enseñar; esta vocación entraña, a su vez, aptitud o capacidad, inclinación o afición y entrega o dedicación. […] Y el premio inmediato que el maestro recibe es el gozo que siente al ver cómo se van abriendo y ensanchando los horizontes de la conciencia del alumno”[5].

Lo que debe presidir la actitud del profesor es “una absoluta sinceridad y un gran empeño en ajustarme a la objetividad y a la verdad[6]. Y todo ello con absoluta claridad, porque, como decía Ortega, “si la claridad en el filósofo es una cortesía, en el profesor es una obligación estricta. […] Y, además de la claridad, el orden”[7].

Sus clases

Los que hemos tenido la suerte y el privilegio de haber sido alumnos del Padre Mindán recordamos perfectamente su método de enseñanza de la Filosofía: escribía en la pizarra una máxima, un proverbio, un aforismo, ya fuera en latín, en griego, en francés, en alemán, en español, etc. Por supuesto, la frase guardaba una relación con el tema que se iba a tratar. Los alumnos, tras unos minutos de análisis y reflexión, debíamos explicar su sentido.

Si había que hablar de la fugacidad de la vida, ahí estaba Virgilio con su “Fugit irreparabile tempus” (El tiempo se escapa de forma irrecuperable); si se trataba de cómo las horas van acabando con todos, escribía “Vulnerant omnes, ultima necat” (Todas hieren, la última mata); si de la verdad, “Veritas vincit” (La verdad vence), o bien nos citaba a Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela”; si del poder igualatorio de la muerte, nos traía a Horacio: “Pallida mors, aequo pulsat pede pauperum tabernas, regumque turres” (La pálida muerte golpea con igual pie las chozas de los pobres y los palacios de los reyes); si de la libertad: “Non bene pro toto libertas venditur auro” (La libertad no se vende por todo el oro).

Él mismo nos explica el desarrollo de sus clases, paso a paso, en una de sus obras:

“Tenía dos horas de clase diarias, que solían darse en las dos primeras horas de la mañana. Comenzaba la clase escribiendo en la pizarra una frase, sentencia o aforismo, que tenía alguna relación con la filosofía. Se las hacía copiar [a los alumnos] y les pedía que me explicasen su sentido y significación; me servía para darme cuenta de la inteligencia y cultura de los alumnos. Brevemente les explicaba yo el verdadero sentido. A esto dedicábamos cinco o seis minutos.

A continuación dedicaba unos quince minutos a que me expusiesen las dudas que tenían sobre lo que les había explicado en la clase anterior o sobre el texto del libro o cualquier pregunta que se les ocurriese pertinente con la materia. Dedicaba seguidamente cinco minutos a tantear con preguntas sueltas y exploratorias a varios de la clase para comprobar si habían estudiado. Si contestaban mal o no contestaban, no les ponía nota, pero les advertía y servía para formarme idea del muchacho. Por último, el resto de la clase, una media hora, la dedicaba a explicar la lección del día siguiente.

Cada quince días les hacía pruebas orales y cada mes, las pruebas escritas reglamentarias.”[8]

Puedo dar fe de la eficacia de sus clases, que nos enseñaron a pensar, a reflexionar, a razonar y a expresarnos en público, dando nuestra opinión sin prejuicios, ateniéndonos siempre a la razón y a la verdad y, sobre todo, con libertad.


[1] Op. cit., p. 179.

[2] Op. Cit., pp.179-180.

[3] José Luis Abellán, en Homenaje a D. Manuel Mindán Manero con ocasión de imponérsele la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, Madrid, 31 de enero de 2000.

[4] Historia del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, segundo tomo de Testigo de noventa años de historia, pp. 84-86.

[5] Testigo de…, pp. 138-139.

[6] Historia del…, p. 89.

[7] Ibídem, pp.89-90.

[8] Historia del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid. II tomo de Testigo de noventa años de historia. Zaragoza, 2004.


[

Impactos: 39

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × dos =