Don Manuel Mindán Manero, profesor y filósofo aragonés

11/12/2020
9 min lectura

Joaquín Mindán Navarro, catedrático de Lengua y Literatura españolas y patrono de la Fundación Mindán Manero

El artículo ha sido dividido en cuatro entregas y se corresponde a versión ampliada del artículo que se publicó en la Revista de Andorra.

PRIMERA PARTE : LOS AÑOS DE FORMACIÓN

Parece fácil, a priori, hablar de una persona tan allegada a mí, como es don Manuel Mindán, el Padre Mindán, mi profesor, mi primo, mi amigo. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, porque condensar en unas páginas la personalidad tan rica y tan compleja del Padre Mindán es tarea harto difícil, sobre todo por las limitaciones que la naturaleza de este escrito me impone.

En efecto, hablar del Padre Mindán supone hablar no sólo de cada una de las realidades que en él confluyen –sacerdote, profesor, investigador, etc.‒, sino de todas ellas en su conjunto, unidas para configurar la extraordinaria persona de cualidades excepcionales a que han dado lugar.

Nacido en Calanda el 12 de diciembre de 1902, siente, desde muy joven, una doble llamada interior que le orientará hacia el profesorado y hacia el sacerdocio. Tiene doce años cuando ingresa en el seminario de Belchite para comenzar su preparación religiosa y, a la vez, cultural. Los primeros días fueron difíciles, según él mismo confiesa: “Tenía ganas de llorar y lloraba, pero sin que nadie me viese. Por la noche, en la cama, tapado con la sábana, me hinchaba de llorar. Tuve, incluso, la tentación de volverme a casa, pero resistí”[1]. Sin duda el estudio del latín, del griego, del hebreo, de la historia, de la geografía, de la literatura, etc., contribuyó a atenuar y vencer aquellos desfallecimientos iniciales.

Seminario de Belchite

Aunque la vida en el seminario no era fácil, pues escaseaba la comida, no había luz eléctrica, ni agua corriente ni calefacción, sin embargo era feliz, debido, sobre todo a la espiritualidad que crecía en él y a los estudios que realizaba. Es esta una época de formación, y, además de las materias de estudio obligado, dedica gran parte de su tiempo a la lectura, no sólo de los autores que prescribían los programas, sino que también leerá a Dante, a San Juan de la Cruz, a Cervantes, etc.

Del seminario de Belchite pasó al Seminario Mayor de Zaragoza en 1918. Fue aquí donde recibió la formación adecuada para su ordenación sacerdotal: Humanidades, Filosofía, Teología, con todas las disciplinas que éstas comprenden.

Su vida transcurría feliz con sus estudios, sus oraciones, sus paseos, sus excursiones. Pero en 1920 sufre una profunda crisis espiritual que le hará vacilar. La justificación hay que buscarla en la desilusión que le produjeron algunos profesores incompetentes y unos libros de texto poco gratos. Ante esta situación, decide estudiar la filosofía por su cuenta: “Comencé a interpretar por mí mismo, y de un modo estrictamente racional y naturalista, los dogmas religiosos. Mi fe, viva en otros tiempos, se diluía, se desvanecía[2].” Así, tras unos meses de vacilaciones, de tropiezos, de dudas, de reflexión y de la lectura de los Evangelios, San Juan, Santa Teresa, San Agustín, etc., recupera de nuevo su fe y reafirma su vocación, y reconoce que a Dios se puede llegar no sólo con las razones de la inteligencia, sino también con las del corazón, porque, como afirma Pascal, “le coeur a ses raisons que la raison ne connaît pas”[3].

En estos años, se intensifica su dedicación al estudio, a la vez que empieza a desarrollar otro tipo de actividades, fruto de las cuales es la aparición de sus primeros escritos en publicaciones religiosas, escritos que firma siempre con seudónimo, entre ellos el de Savonarola.

Matriculado en quinto curso de Teología y es nombrado profesor auxiliar de la Facultad, con lo que tiene la oportunidad de ejercer su vocación docente. Al enfermar el profesor de Sociología, él tiene que hacerse cargo de impartir esta asignatura, dándose una circunstancia curiosa: es profesor de una asignatura en la que está matriculado oficialmente como alumno.

Terminado el último curso, en 1926, escribe varios artículos sobre Las ventajas y los peligros de la imaginación, y en octubre de ese mismo año canta solemnemente su primera misa. Su primer destino será la parroquia de Luna, pequeño municipio de la provincia de Zaragoza, donde se le nombrará coadjutor y Preceptor de Latín. De nuevo tendrá la oportunidad de ejercer su magisterio en esta población de las Cinco Villas. Además de las tareas propias del sacerdocio y de las de profesor, se dedica también a la lectura y al estudio de libros de filosofía, historia y lenguas clásicas.

En abril de 1929 el arzobispo de Zaragoza le pide que se haga cargo de unas clases de Filosofía en el Seminario de Zaragoza, además de la capellanía de unas escuelas y de la publicación del Boletín Eclesiástico Oficial de la diócesis. Por ello, debe dejar Luna y trasladarse a Zaragoza. Este año estudia profundamente la filosofía de Santo Tomás y el 25 de abril de 1930 recibe la licenciatura y es declarado doctor el 21 de mayo.

Para dar más prestigio a su labor docente y para conseguir una seguridad en el futuro decide hacer una carrera civil y en septiembre aprueba el examen de ingreso para el bachillerato y obtiene el título del mismo en su grado Elemental. Tras un nuevo curso como profesor en el Seminario, en septiembre de 1931 aprueba el Bachillerato Universitario y se matricula en la Universidad. Allí conoce a dos de sus grandes maestros: Domingo Miral, con quien aprenderá griego, historia del arte y alemán, y José Gaos, quien le inclinará definitivamente hacia la Filosofía. Del trato continuado entre ambos nació una gran amistad.

En septiembre de 1932 obtiene la licenciatura en Filosofía y Letras y Gaos le propone para ayudante suyo y acepta. A la vez, se matricula en alguna asignatura nueva. Pero a principios de curso García Morente llama a Gaos a Madrid para cubrir una vacante. Este acepta y deja encargado de sus clases al Padre Mindán. Y de nuevo se da la circunstancia de ser el profesor de una asignatura en la que estaba matriculado como alumno, Historia de la Pedagogía.

En 1933 supera unos cursillos –especie de oposiciones‒ y obtiene plaza en el Instituto Luis Vives de Valencia, por lo que tiene que dejar sus clases y sus cargos en Zaragoza. Terminado el curso, se traslada a Santander para asistir a los cursos de la Universidad de Verano. Allí entra en contacto con Menéndez Pidal, Pedro Salinas, Johan Huizinga, Federico García Lorca, Gerardo Diego, Schrödinger, Zubiri, Maritain y Unamuno, entre otros.

Deja el Instituto de Valencia, se traslada a Madrid para estudiar Filosofía. Allí tendrá como profesores a Gaos, Zubiri, García Morente, Zaragüeta, Besteiro y Ortega y Gasset. El influjo de este último será definitivo en su formación filosófica.

Además de asistir a las clases de la Universidad, durante el curso 1935-36 imparte clases de Filosofía en el Centro de Cultura Superior Femenina, llamada pomposamente Universidad de la Mujer.

Pero la Guerra Civil acabó con este estado de cosas y durante esos lamentables años pasó por situaciones realmente comprometidas y hasta curiosas, como la fundación de un Sindicato de Enseñanza dependiente de la CNT. Sufrió enfermedades, veinte meses de prisión (primero en Madrid y después en Alicante) y todo tipo de privaciones. Cuando queda libre, tras un accidentado viaje, llega a Madrid, realiza las visitas obligadas y es llamado a filas, situación que supera con una gran dosis de astucia no exenta de cierto peligro para su salud.

Acabada la guerra, ejerce de profesor en la Universidad de Zaragoza. Allí tuvo como alumnos a José Luis Pinillos, Antonio Mingote, Miguel Labordeta, Ildefonso Manuel Gil y otros. Por fin, en verano de 1940 gana las oposiciones a Cátedras de Institutos de Enseñanza Media. Escoge un instituto de Ávila por su proximidad a Madrid. El verano siguiente se convoca el Concurso General de Traslado a Cátedras de Instituto. Pide en primer lugar Zaragoza, pero a instancias del Ministro de Educación se traslada a Madrid y obtiene plaza en el Instituto Ramiro de Maeztu, donde enseñará Filosofía hasta su jubilación, en 1973.

Además de sus clases en el instituto, es miembro del Instituto Luis Vives de Filosofía, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y Profesor Encargado de la Cátedra de Crítica (Teoría del Conocimiento) de la Universidad. Más tarde será Catedrático Tutor de la Escuela de Formación del Profesorado y Rector del Internado del Instituto Ramiro de Maeztu. Además, será fundador y director de la Revista de Filosofía y cofundador de la Sociedad Española de Filosofía, de la que llegará a ser Secretario, Vicepresidente y Presidente. De 1961 a 1988 fue profesor en el Centro de Estudios Universitarios (CEU). Y a toda esta actividad hay que añadir sus libros, sus artículos en revistas especializadas, sus ponencias y comunicaciones a congresos, sus cursos de verano y un gran número de conferencias.


[1] Testigo de noventa años de historia, Zaragoza, 1995, pp. 47-48.

[2] Op. cit., p. 77.

[3] El corazón tiene razones que la razón no comprende.


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Comentarios

Francisco BUJ VALLÉS

¡Qué maravilla y qué impagable fortuna, haber conocido nuestro Padre Mindán a Menéndez Pidal, a Unamuno, a Gerardo Diego, a Federico García Lorca, a Jacques Maritain y a Zubiri! No menor, o solo un poco inferior, el hecho de haber tenido por alumnos a Miguel Labordeta -figura clave de la segunda oleada del surrealismo aragonés, del llamado POSTISMO- , a Antonio Mingote (amigo personal de mi tío Manuel Buj, médico durante años en la Cuenca de Escucha / Utrillas; compañero también, Mingote, del turiasonense Doctor Ilarri), o del conciso y fino poeta Ildefonso Manuel Gil. “Rara avis”, en el óptimo sentido de la expresión, dentro de los poetas maños: por su diafanidad, su brevedad formal y la concentración semántica en breves poemillas, que recuerdan lo mejor de la Lírica Meridional Española, desde las Jarchas hasta las Soleares y Coplas del joven Alberti y del Lorca total.
Orgullosos podéis estar, los familiares directos del P. Mindán Manero, a causa de su multiforme valía personal y cultural. Y, además, por la calidad y hondura, tanto de sus maestros como de muchos de sus alumnos. Noble orgullo que, positivamente, nos afecta a los aragoneses y, en especial, a los calandinos.

Francisco BUJ VALLÉS

A título de curiosidad histórica y cultural, me atrevo a lanzar esta pregunta, dirigida a los familiares y a los amigos del Padre Mindán Manero. Los términos de esa pregunta son muy sencillos:

¿Figuró, entre los amigos de nuestro ilustre filósofo y sacerdote, el extremeño-zaragozano (“EXTREMAÑO” diría Coll, en su curioso diccionario de “palabros inexistentes, pero posibles”), Don Eugenio FRUTOS? Lo digo porque este ilustre poeta, profesor y filósofo estuvo muy vinculado a Zaragoza; nos examinaba de PREU en el Instituto GOYA; era especialista -a escala europea- en Descartes y en los filósofos hispano-árabes; algunos críticos lo consideran, incluso, poeta de la Generación del 27, entre los más jóvenes o epígonos, como la granadina Elena Martín Vivaldi. Algunos de sus hijos viven todavía en Zaragoza.

Agradecería de corazón datos y noticias sobre la posible relación (amistad, compañerismo, asistencia a las mismas tertulias) entre el P. MINDÁN y D. Eugenio FRUTOS.

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