Reforma y ampliación del convento(1697)

07/04/2020
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Autoría : Lorenzo Gasca Castán

El 2 de abril de 1697,  Victorian Lázaro Gómez, notario de Calanda, salió a lomo de caballo por el portal de Valencia.  Tras cruzar el Guadalope  por el “Paso Fernando” se adentró en el llano del Carmen y tomó la senda en dirección de la Torre de Alginés.  

La Torre de Alginés fue en tiempos remotos una torre defensiva, con el paso del tiempo se convirtió en un refugio donde pastores y labradores buscaban abrigarse de las intemperies.  La propiedad de la Torre y de las tierras colindantes fue, a  largo de los siglos,  pasando de mano en mano ;   entre sus propietarios citaremos a Leonardo de Blasco, infanzón Alcañizano cuya descendencia ocuparía durante los siglos XVI y XVII la escribanía de Calanda. La Torre de Alginés fue finalmente entregada por los caballero de la Orden de Caballería de Calatrava a la congregación de los carmelitas descalzos quienes levantaron en 1682, sobre las ruinas de la dicha torre, el Convento del Carmen .

A su llegada al convento, el Notario  fue atendido por uno de los frailes que le acompaño hasta las dependencias de Pedro de la Cruz,  Prior de la comunidad.  El notario de Calanda había sido llamado por los carmelitas para   legalizar un acuerdo comercial con un vecino de Alcorisa: Pedro  de Cabarán.

Fray Pedro de la Cruz, ordenó a Juan de Santa Teresa  llamar a son de campana al capítulo.  Una vez congregados en el ante-iglesia del Convento, el Prior, en presencia de fray Juan de la Concepción, Ignacio del Espíritu Santo, Pedro de la Santísima Trinidad, Juan de la Cruz, Domingo de la madre de Dios, y  Juan de San Elías,  entregó al Notario una cédula de capitulación que trataba acerca de una obra de ampliación del convento.

Las obras proyectadas por el convento fueron encargadas a Pedro Cabarán, cantero de Alcorisa; los carmelitas deseaban levantar junto al Convento un nuevo edificio  que integraría  el “cuarto de medio día”, el “oficio humilde “ y  la cisterna del claustro

Fray Pedro de la Cruz en nombre del Reverendo fray Juan de la Concepción,  Padre general de la Orden de los Carmelitas descalzos,  dejó  constancia  en la capitulación  de veinte y seis cláusulas en las cuales se trataban hasta el más mínimo detalle  relativo a la fábrica del edificio. 


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